S.

Se lo tuve que decir.
Tuve que levantarme e ir a buscarla en mitad del barullo de gente, andando más mal que bien mientras intentaba aguantar la respiración y no llorar.
Cuando la tuve delante de mi, con su pequeña estatura y sus ojos llenos de luz, no pude evitar ese desgarre de voz ni ese nerviosismo traducido en un temblor efímero.
Tuve que soltarle que había sido ella la que me había terminado de enamorar de la literatura. Que con su gracia, con sus ganas de enseñar, con sus palabras de aliento, su compresión y todas y cada una de sus sonrisas, había sido la mujer que necesitaba para darme el empujoncito que me faltaba.
Que ella ha sido la que me ha impulsado y la que ha hecho de mi inseguridad una bola de papel. He cogido esa bola, la he lanzado y he cogido un folio nuevo para reescribir mi futuro.

Me abrazó cuando las lágrimas estaban a punto de resbalar por su rostro, y yo, tonta de mi, seguí llorando.

Comentarios

  1. Lo estupendo de venir por aquí es tener la oportunidad de leerte, cada día escribes más bonito.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias guapa.
      Es un honor que personas tan grandes como tú me lean.

      Eliminar

Publicar un comentario

Poesía entrópica