~Tendríais que haberla visto...~

El vestido blanco y vaporoso resaltaba sus piernas.
Su figura se recortaba frente a cientos de personas que miraban con admiración cada uno de sus pasos.
Los pies, con las delicadas zapatillas de ballet, se movían ágilmente por todo el escenario.
Apenas se quedaba unos segundos en la misma posición.
Se movía con una elegancia casi indescriptible, poniendo especial atención en cada una de sus terminaciones nerviosas.
Sus piernas subían y bajaban, se alzaban, se recortaban tras la tela blanca, se erguían y hacía que todos y cada uno de sus músculos se marcasen, creando sombras y líneas donde antes no las había.
El pelo recogido, la piel cubierta de la tela blanca, los párpados tiznados de un tono oscuro y la seriedad puesta en el rostro.
Un escote precioso con un lunar colocado en el sitio exacto, justo al borde del precipicio. Y sus ojos llenos de luz.
Sus pupilas se dilataban y se contraían con cada cambio de focos, su sonrisa no se encontraba entre sus labios. Todo había quedado sustituido por las lágrimas de emoción que manchaban su rostro con cada paso de baile.
El público miraba encandilado cada uno de los pasos de las bailarinas.
Subían y bajaba los brazos en el momento justo. La coordinación era impresionante, y la música lo hacía todo aún más arrebatador.
Todos tuvimos que romper en aplausos en mitad del espectáculo.
Pero de todas, la más perfecta era ella.
Tendríais que haberla visto.
Tendríais que haber visto esa sonrisa que lucía su rostro cuando salió de los camerinos y fui a abrazarla.
De verdad, tendríais que haberla visto.

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Poesía entrópica