Todo puente está enamorado de un suicida.

Tengo la suerte de poder disfrutar de conciertos privados cada vez que estamos a solas,
porque me canta y me deja acurrucarme en su pecho.
De repente él es refugio y yo una niña que tiene miedo del mundo, 
que está enferma de miedos
y teme una vida sin su vida al lado. 

Él es refugio, hogar y familia, 
reúne todas las características de las que una chica como yo se enamoraría, 
y sabe amar. 

No dejo de toser su nombre entre las sábanas de una cama que necesita ser deshecha, 
y mientras él está conmigo
el tiempo se escapa como un fugitivo perseguido por la justicia, 
aunque no creo que sea justo estar lejos de él si mi vida depende de su risa. 

Él se jugaría la boca por morder mis labios
y yo me tiraría del puente de su sonrisa si eso le salva del peligro. 
Así estamos,
cada día más enamorados, 
cada día menos cuerdos, más locos y más suicidas. 
Cada día más unidos y con más miedos.

Sangro su nombre,
pido a gritos su boca,
me desvivo por su espalda
si su barba me acaricia las costillas.

Busco su mirada
cuando todo me da miedo
y en su pecho dejo de ser cobarde,
para ser valiente y enfrentarme de nuevo a la rutina
rota siempre por su nombre. 

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Poesía entrópica