~Perdida en las afueras de la ciudad~

Deslizó su grueso cuerpo por el vestido rojo que le había comprado su madre. Le dedicó una sonrisa forzada al reflejo de su cuerpo a través del espejo y salió de casa. Caminó durante una media hora, hasta que llegó a una casa perdida a las afueras de la ciudad.
Los árboles del patio se elevaban altos, casi rozando el cielo, y las zarzas y los matojos dificultaban la entrada.
A través de un pequeño camino escondido entre las malas hierbas, llegó a la casa que se alzaba en mitad de aquel parterre.
Era de madera oscura y antigüa, tenía dos plantas y allá a lo lejos se veía un viejo pozo. Unos pequeños escalones la encaminaron hasta la puerta. La empujó con delicadeza, y esta se abrió suavemente mientras las bisagras sonaban y resollaban.Con paso vacilante dio unos pasos al frente, haciendo que la madera podrida crujiese bajo su peso.
La habitación estaba oscura, pues las ventanas estaban tapadas con gruesas cortinas de color gris oscuro, al fondo había una gran chimenea negra y de las paredes colgaban cuadros y retratos pintados a mano y enmarcados con finos marcos de color beige. En el centro de la estancia había un sillón de dos plazas y una butaca, ambos cubiertos por una sábana blanca llena de polvo. El suelo lucía una gran alfombra de color morado y los restos de basura y de comida se esparcían por doquier.
La chica avanzó unos pasos más y subió las escaleras con cautela, oyendo los crujidos amenazadores bajo sus pies.
En la segunda planta, un pasillo central llevaba a las demás habitaciones, todas ellas cerradas, a excepción de una de las últimas de la pare izquierda del pasillo. Una luz tenue salía de la habitación y una leve música acompañaa los pasos de la chica mientras se acercaba a ella.
Tímidamente se acercó a la puerta.
Un hombre de unos sesenta años la eseraba sentado en una butaca.
Tenía el pelo cano y un aire interesante y pensativo. Fumaba lentamente un cigarrillo finito, de color blanco, y el humo inundaba la habitación, haciendo así que la poca luz que entraba por la ventana se volviese oscura.

-Pasa- le dijo sin mirarla siquiera.

La chica entró lentamente en la habitación, temerosa y se colocó enfrente de la gran cama que había en el centro.

-Puedes desnudarte cuando quieras.

Temablando, se descalzó y se deshizo de su vestido lentamente. En ropa interior y temblando de miedo, se quedó mirando al hombre.
Éste la miró de arriba abajo, observandola detenidamente. Apagó el cigarrillo y se levantó de la butaca. De una bofetada tumnó a la chica en la cama sin que ella se resistiera.
Se lanzó encima de ella y empezó a besarla y a lamerla obsesivamente mientra la deshacía de su ropa inetrior.
Pasaron la tarde en esa casa perdida a las afueras del bosque entre llantos de ella, y risas de él.
Él deseandola a ella.
Ella no deseando estar allí con él.

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Poesía entrópica