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En el ojo del huracán porque los suyos son puro viento.
Un viento que despeina, te hace cosquillas y trae las mariposas de la primavera.
El pecho ya no es cárcel, si ella te toca, te sonríe y te besa.
Y cómo besa.
        Pequeña, me has enseñado lo que es besar con ganas en los ascensores
        cómo saborear la cerveza desde tu lengua
        y me has demostrado que el día no tiene suficientes horas para quitarme las ganas de ti.

Flores en el pelo porque ella está llena de pétalos que son cicatrices,
y espinas que son llanto.
Flores en el pelo porque su cuello es el prado más bonito para tocar el verano.
Flores en el pelo para que su olor no se marche de mi cama.

Ella es un huracán,
pero entre sus brazos estoy justo en el centro del ciclón
y no tengo miedo,
ni frío,
ni ganas de escapar.
Ella es huracán pero sabe cómo convertirse en brisa, soplarte en la espalda y erizar cada uno de los poros que tienes en la piel.
Ella es huracán, pero no te corta la respiración con un golpe de vie…
Tengo tres fijaciones en la vida:
los ojos,
los pájaros
y el cielo.
Ella me miraba a los ojos y se me revolvían los pulmones y yo me olvidaba de cuáles eran los pasos para respirar normal y se me encogía el pecho.
Llevaba un pájaro en el cuello. Una golondrina transparente que marcaba directamente hacia su boca.
Nos tumbamos en el suelo y miramos el cielo de una noche de verano. Las estrellas nos guiñaban cómplices y ella intentaba que me orientase entre luces.
Cerca.
Muy cerca.
Cada vez más cerca.
Acércate que te siento lejos.
Me perdía en su pecho,
en su pelo,
entre sus piernas.
Cerca.
Muy cerca.
Cada vez más cerca.
Hasta que acabé perdiéndome entre sus labios.
Beso, beso, beso y vórtice.
Nos hemos echado de menos y ahora somos un tren sin frenos.


No sé si alguna vez habéis estado en silencio dentro de un coche, pero el sonido de las ruedas es una especie de zumbido permanente que acabas ignorando.
Así es su vida.
Mantiene una rutina solitaria que lo absorbe. Lleva así quince años y va a seguir así quince años más. Dentro de su casa se respira tabaco y abandono. Se ha abandonado a si mismo y vive por y para la inercia. Se deja llevar, pero está encerrado.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Todos los días lo mismo.
Me hago más pequeña cada vez que paso por su puerta. Sus abrazos asfixian casi tanto como sus proyectos de futuro enlatado. Cree saber alcanzar la felicidad, y a pesar de haber seguido todos los pasos cuidadosamente, está sumido en la tristeza. Aún así me repite una y otra vez lo que debo hacer con mi vida como si creyese que alguna vez ha estado entre sus manos.

Arranca plumas de mis alas porque consider…
Tengo el sonido de su risa todavía en mis oídos, y de verdad, no quiero que se escape.
Pelo corto,
ojos profundos,
sonrisa encantadora.
No para de moverse cuando habla.
El número de palabrotas que dice es equivalente al número de palabras que se le olvidan en mitad de la conversación. Ya os digo yo que son muchas.
Desborda elegancia por cada una de las lineas de su contorno.
Cuando camina, parece que acaricia el suelo con su andar.

¿Conocéis la sensación de no poder dejar ir a una persona sin saber antes su nombre?
Su nombre,
el número de pecas que tiene en la cara,
y la cantidad de veces que le han hecho daño para poder abrazarle con más fuerza.
Soñé con su nombre,
y admito que también con su boca.
No hemos hablado ni dos horas,
ni siquiera sé sus apellidos ni qué le gusta desayunar por las mañanas,
pero puedo decir que no me importaría pasar la noche abrazándola
y cantándole canciones estúpidas al oído.


Anda y parece que vuela,
y yo siempre he tenido fijación por las alturas.
Un hombre sin luz mira desde una esquina la ventana del edificio de enfrente. Tiene envidia. Su vecino observa impasible y serenamente todo el día a través de los cristales. Mira sin mirar. Cambia cada temporada de posición y viste siempre con colores determinados, colores sinestesia. El vecino está casi siempre acompañado de varias mujeres que juegan con faldas, vestidos y sombreros. No se maquillan y ninguno de ellos tiene la necesidad de cortarse el pelo. Son perfectos y cuasieterno.

Nuestro hombre de la esquina, el primer hombre del que os he hablado, envidia las ropas de su vecino, la sonrisa de su vecino, las zapatillas de su vecino. Envidia la cristalera, el techo y la cantidad de atención que recibe su vecino. Yo, yo como escritora estoy dirigiendo vuestra mirada, vuestra atención, al vecino, al mismo tiempo que ignoro y desprecio al hombre de la esquina. Ese mismo hombre que se sienta en el suelo, extiende la mano y agacha la cabeza mientras la vergüenza lo hace más y más peq…
Me he cortado el pelo.  Me he cortado el pelo y parezco otra. Desde que las tijeras sesgaron años de cuidados y atenciones,  salgo con más convicción a la calle y camino con la cabeza más alta que nunca.  Busco miradas e intento sostenerlas,  mientras una sonrisilla rabiosa aparece por la comisura de mis labios.  Es el orgullo, el orgullo de llevar el pelo corto y que me quede de puta madre. 
El pasado de un pasado día salí sin sujetador a la calle,  sin tener mechones que me hiciesen el favor de ocultar mi vergüenza.  Los pequeños y puntiagudos bailaban debajo de la camiseta,  y lo único que hice fue levantar la cabeza,  y seguir buscando los ojos de la gente. 
Cuando cumples 18 años crees que nadie va a volver a gustarte con la inocencia de un adolescente prematuro,  y es entonces cuando descubres que la ingenuidad ha sucumbido ante la lascivia,  y estás deseando que el chico de la esquina te mire para sostenerle la vida.  Querido chico de la esquina,  quería provocar un encuentro …
5 de Mayo de 2016
Escribo con el dolor que deja alguien que se ha ido,
alguien que ha dejado algunas migas solitarias por encima de la mesa
esperando ser recogidas por cualquiera.

Escribo con el dolor que proporciona un hachazo en el pecho en forma de desprecio,
con las lágrimas en los ojos de quien habla de malas maneras,
con su ceño fruncido en el espejo de mi iris, grabado a fuego de odio.

Escribo desde una casa vacía,
vacía de todo,
con un niño que acaba de salir por la puerta llevándose el sonido de sus pasos.

Escribo con el dolor de saber que hay algo que he hecho mal,
algo que concierne a otra persona,
a un proyecto de persona
que se dibuja a sí mismo en la guerra con la palabra matar en su pecho.

Y eso me mata.

Escribo desde el dolor que da un mal día,
de una tarde a solas,
de unos pensamientos culpables que retumban en las paredes de mi habitación.

La sociedad te presiona desde el frente
Vivimos entre dos grandes paredes de metal:
una presiona,
la otra ataca.
El acero está frío. Aprieta. Ahoga.
Si intentas moverte, se moverán contigo.
Si intentas despegarte, se cerrarán más todavía.
Cuanto más te muevas, cuanto más te agites, más se acercan.
Solo puedes mirar a un lado.
 Nunca de frente.  Hasta donde te alcanza la vista hay gente en tus mismas condiciones,
encerrada en sus paredes,
sintiendo el frío y la tensión y la presión y el hambre. Hambre de libertad.
No te muevas, no respires, no sientas, no hables.

Ni se te ocurra intentar escapar de lo que te ahoga,
porque si sales,
si piensas tan solo en levantar la vista y ver el cielo,
todo,
todo,
todo,
te ahogará más todavía.

y en la retaguardia, donde debería estar la defensa,  solo hay un espejo. 
"Él le explicaba a Emma que las atracciones entre las personas, cuando son irresistibles, tienen su raíz en una existencia anterior.  - Por ejemplo, nosotros- decía-, ¿por qué hemos llegado a conocernos?  ¿Qué azar lo ha dispuesto así? Pues no cabe duda de que,  a través del tiempo y la distancia, el curso particular de nuestras vidas,  como el de dos ríos que corren para juntarse, nos ha traído el uno hacia el otro."
Madame Bovary, Gustave Flaubert 


Nadie sabe qué circunstancias se dieron para que el inicio fuese inicio, pero en medio de aquella entropía nosotros nos rozamos, nos tocamos suavemente sin saber siquiera lo que era una caricia. Átomos nos llamaban, pero a mi me gusta pensar que éramos almas que se buscaban.
Luego fuimos los supuestos Adán y Eva. Actualmente más de 3/4 partes de la población no cree en nosotros, pero puedo decir que aquellas mañanas, tardes y noches enlazados eran más reales que cualquier manifestación de la salvaje naturaleza. Quien diría que en el …
Rosas rojas
Violetas azules
Pensamientos vacíos
Margaritas deshojadas
Amapolas con opio
Opio
Drogas, alcohol y sexo. Las tres palabras mas utilizadas en toda la poesía actual.
Y a pesar de todo,
que vacias están cuando no las compartes con alguien que tiene flores en el pecho
Una persona puede escribir por muchos motivos, y solo ella misma logra comprenderlos.
Yo escribo cuando estoy llena de vacíos.
Escribo para vivir,
para ver qué se siente con la voz, las palabras y las vidas de otros.
Escribo para sentir por qué la palabra tiene esa fuerza implacable.
La palabra lo es todo
y puede ser nada.

Escribo cuando estoy llena de vacíos
pero últimamente estoy llena de emociones,
de amistades,
de ganas de vivir.
Estoy llena de frío
y se me cortan los labios
y se me hielan las manos
y canto bailo salto sudo sonrío.
Estoy siendo yo.

La libertad me calienta las manos cuando llego a casa,
aunque he de confesar
que sigo escuchando
conversaciones ajenas.
Es otra forma de vivir las vidas de otros.
Eso,
y mirar a los ojos.

La chica del tirabuzón dorado tiene prisa.
Conoce el tiempo exacto de los semáforos
y no elige las calles por las que pasa.
Tiene un paraguas
negro
y pasa desapercibida,
engullida por un mar de sombrillas en el cruce de una carretera.
Pero sus zapatos
negros,
con un rítmico sonido de carrera
hacen que me fije en el tirabuzón dorado que asoma por su capucha.

Los tejados mean,
vomitan,
lloran.
Llueve.
Una mujer camina de la mano de su marido y sus tacones también se quejan.
Parece un tic tac de reloj,
un sonido tan rítmico que me hipnotiza durante un segundo.
Me fijo en los tacones y veo como minúsculas gotas saltan al andar.
Y me fijo en todos los talones
y veo las diminutas gotas saltar.

Las alcantarillas consumen,
beben
absorben.
Llueve.
Un matrimonio discute porque el paraguas no está en medio.
La mujer se moja,
el hombre asiente.

Los paraguas salen,
nacen,
se abren.
Algunos abrigos están calados.
Esquivan los charcos
pero los niños están deseando estrenar sus botas de agua.
Quieren…
Un adoquín rebelde me mira desde el suelo,
vacilante,
resquebrajado e indeciso,
¿se levanta o se acuesta?
Lo miro y sonrío.
Levanto la mirada seduciendo al peligro.
Me atrevo,
paso,
no caigo.
Me alejo del adoquín que refunfuña por lo bajo.

Miro las torres de la catedral,
acarician el cielo y los pájaros las acarician.
Una guitarra triste le arranca acordes al viento
y el flamenco suena en la esquina.
Pienso en las cigüeñas,
en un pájaro precioso que aparece en mi ventana,
en los gorriones redonditos de la plaza.
Una abeja me alcanza,
vuela borracha.

Un rayito de sol tiembla.
No conoce estas tierras.
Yo pienso en los poetas de la experiencia,
y lo que escribo deja de tener apariencia de poema.
Casi no escribo,
pero todo lo que toco es literatura.

Historia de Nadie

Nadie sale de su casa. El único color que se ve en su vestimenta es una bufanda roja. Baja las escaleras. Mira a un lado de la calle, después al otro, y empieza a caminar sin rumbo fijo. Aparenta tenerlo, porque anda con la convicción de quien sabe a dónde se dirige. Cuando cree que nadie le está mirando, saca la mano del bolsillo de la gabardina y acaricia las paredes de la ciudad. Se imagina la historia que tiene cada una de las piedras y la cantidad de vidas que han visto pasar. Además le encanta ese cosquilleo que se queda en la punta de los dedos cuando separa las yemas. Nadie levanta la mirada y no ve el cielo. Quiere ver el cielo. Sale de la ciudad y cruza la carretera casi sin mirar a los lados. Baja las escaleras del puente y se sienta en la hierba al lado del río. Mira al cielo y ve el cielo. El cielo grisáceo con nubes sin perfilar. Parece que ese cielo ha salido de un cuadro impresionista. Se tumba y empieza a lloviznar. Nadie deja que la lluvia le moje. Respira, siente, a…
Imagen
Me enamoré,
y vi en sus ojos lo que quería ver.
Nos hemos amado mucho,
seguimos haciéndolo,
pero un bache con nombre de kilómetros se interpuso entre nosotros y el amor,
a pesar de que yo lo creía invencible,
no pudo soportarnos.
Ahora los dos reconstruimos,
y veo en sus ojos lo que realmente tengo que ver:
un alma complementaria.
No somos iguales y nunca vamos a serlo,
Sus días grises parecen mis amaneceres,
sus cafés son mis chocolates
y mis sueños son sus miedos.

Creía que las almas gemelas eran dos personas que se besaban como dos enamorados y pagaban a medias una hipoteca.
Hasta que llegó ella.
Llegó ella y sentí que a pesar de llevarnos dos años
habíamos nacido en el mismo tiempo y espacio,
en el mismo segundo y en el mismo lugar.
Llegó ella y supe que éramos hermanas de alma.
No nos une la sangre,
nos une algo más fuerte que no podemos explicar,
como si nos conociésemos desde el inicio de los tiempos,
desde el origen.

No puede ser que me sienta tan cómoda con una persona,
que …
El hecho de cambiar de lugar también ha supuesto un cambio emocional importante.
Salamanca no es mi hogar,
pero parece que las paredes que me han visto crecer tampoco lo son.
Las habitaciones son cada vez más frías y extrañas,
y los recuerdos que intento crear en la primera ciudad,
son equivalentes a los que estoy perdiendo en la segunda.
Mis vivencias se esconden ahora en cajas de cartón,
mis cosas han dejado de ser mías desde hace tiempo
y las fotos me entristecen el alma.

Momentos que jamás repetiré,
risas que no recordaré,
lugares que jamás volveré a pisar
y personas a las que echo de menos todos los días.

En este vaivén de sonrisas y lágrimas
que tiene más parecido a una película de 1965 que a una vida,
he descubierto dos cosas:
la primera,
no soy tan fuerte como creía;
y la segunda,
las personas son el verdadero hogar.

He vuelto a casa por Navidad,
pero lo que de verdad ha hecho que me sienta en mi hogar han sido los abrazos de mi madre,
la risa de mi abuela,
los gritos de mi her…
Hace meses que no veo un atardecer.
Hace meses que no veía el cielo, las nubes, el sol y la noche.
Soy como un prisionero judío escapando de un sótano y viendo,
casi por primera vez,
las estrellas.
Hoy he visto el campo tapado con una manta de nube que se deshacía en las primeras briznas de la mañana.
He visto dos parejas despedirse en dos estaciones distintas,
pero se miraban a los ojos y se decían lo mismo.
La tristeza era la misma.
He visto el atardecer perdiendo terreno y la noche ganando libertad.
Estoy en "mi tierra", aunque no me he sentido nunca parte de este lugar.
Estoy entre los brazos del sitio que me vio crecer,
y estoy deseando ansiosamente fundirme en el abrazo de mi madre que me hizo crecer.

Algo dentro está cambiando
y me siento nueva, libre, salvaje y poeta.
Por primera vez me siento poeta.
No siento que forme parte de esta tierra,
pero volver a casa,
a mi hogar,
es igual de reconfortante.

Vuelvo a casa por Navidad,
y qué bien sienta.
La vida son desafíos. En el el fondo es eso lo que nos mantiene vivos. Las metas, aquellas que queremos conseguir: alcanzar una nota, sacar matrícula, hacer ese truco que no te sale, cocinar una nueva receta, aprender un idioma. ¡Todo son desafíos!
Fue el momento en el que no tuve desafíos cuando me sentí perdida y vacía.
Necesitaba buscar nuevas metas, nuevos retos y conseguirlos. Luchar por conseguirlos .
No sabéis lo insulsa que puede llegar a sentirse una persona sin objetivos.
Por eso decicidí irme.
Supongo que siempre había pensado que lo nuestro ya lo había conseguido.
Y ahora, no solo se ha convertido en desafío el hecho de cambiarlo todo.

Olvidarte también es un desafío.



Hablabas de algo que yo no llegaba a comprender del todo,
y yo te miraba a los ojos sin escucharte.
Lo siento, pero no pude evitarlo.
Te estaba buscando.

Miraba cómo tus labios se movían en un vaivén de palabras,
y cómo mis ganas de besarte aumentaban con cada sorbo de café.
Tus labios sabor café,
aquellos labios sabor café.

Fue muy raro abrazarte y no buscar tu boca,
caminar al lado pero no cogidos de la mano,
no tantear tu espalda con las manos frías.

Esperábamos el autobús y me miraste a los ojos durante unas milésimas,
me miraste de verdad.
Fue un periodo de tiempo que solo entienden dos personas que se han amado.
Algo queda de nosotros.

Tus manos tocaron mi rodilla,
y mi palma te acarició el muslo,
y nada más.

Pude sentir tu calor desde lejos
y no tienes mi idea de lo reconfortante que fue sentirte de nuevo.
Aunque fuese así,
aunque estuviésemos así.

No quería irme ni quería que te fueses.
Nunca lo quise.
Nunca he odiado a nadie porque me parece el más inhumano de los sentimientos. He sentido desprecio y asco, desagrado, violencia, rencor y miedo. Pero nunca odio. Casi nunca odio. Hasta hoy, hasta él.

Imaginad una persona tóxica e intoxicada que se mete en tu vida con un disfraz de marioneta bonita.
Imaginad que tiene un acento seductor
y llega halagando cada cosa que haces,
pero dispuesto a cambiarlo todo.
Esa persona se va quitando su disfraz de príncipe y se convierte en el rey de la casa,
tú en su sirvienta,
y tu madre en un pequeño trozo de carne incapaz de ponerle los puntos sobre las íes por miedo.
El puto miedo está acechando cada vez que llega,
cada vez que te mira.
La tensión se acomoda en tu cuerpo cada vez que su coche suena en la calle
y sus llaves entran en la cerradura.
Imagina que te pones a temblar cada vez que grita,
y en todas las discusiones tienes miedo de que empiece a pegarte.
Es el momento en el que la sirvienta se cansa de ser Cenicienta,
y se convierte en revo…

Poesía entrópica