miércoles, 17 de mayo de 2017

5 de Mayo de 2016

Escribo con el dolor que deja alguien que se ha ido,
alguien que ha dejado algunas migas solitarias por encima de la mesa
esperando ser recogidas por cualquiera.

Escribo con el dolor que proporciona un hachazo en el pecho en forma de desprecio,
con las lágrimas en los ojos de quien habla de malas maneras,
con su ceño fruncido en el espejo de mi iris, grabado a fuego de odio.

Escribo desde una casa vacía,
vacía de todo,
con un niño que acaba de salir por la puerta llevándose el sonido de sus pasos.

Escribo con el dolor de saber que hay algo que he hecho mal,
algo que concierne a otra persona,
a un proyecto de persona
que se dibuja a sí mismo en la guerra con la palabra matar en su pecho.

Y eso me mata.

Escribo desde el dolor que da un mal día,
de una tarde a solas,
de unos pensamientos culpables que retumban en las paredes de mi habitación.

La sociedad te presiona desde el frente

Vivimos entre dos grandes paredes de metal:
una presiona,
la otra ataca.
El acero está frío. Aprieta. Ahoga.
Si intentas moverte, se moverán contigo.
Si intentas despegarte, se cerrarán más todavía.
Cuanto más te muevas, cuanto más te agites, más se acercan.
Solo puedes mirar a un lado.
 Nunca de frente. 
Hasta donde te alcanza la vista hay gente en tus mismas condiciones,
encerrada en sus paredes,
sintiendo el frío y la tensión y la presión y el hambre. Hambre de libertad.
No te muevas, no respires, no sientas, no hables.

Ni se te ocurra intentar escapar de lo que te ahoga,
porque si sales,
si piensas tan solo en levantar la vista y ver el cielo,
todo,
todo,
todo,
te ahogará más todavía.

y en la retaguardia, donde debería estar la defensa, 
solo hay un espejo. 

viernes, 12 de mayo de 2017

"Él le explicaba a Emma que las atracciones entre las personas,
cuando son irresistibles, tienen su raíz en una existencia anterior. 
- Por ejemplo, nosotros- decía-, ¿por qué hemos llegado a conocernos? 
¿Qué azar lo ha dispuesto así? Pues no cabe duda de que, 
a través del tiempo y la distancia, el curso particular de nuestras vidas, 
como el de dos ríos que corren para juntarse, nos ha traído el uno hacia el otro."

Madame Bovary, Gustave Flaubert 



Nadie sabe qué circunstancias se dieron para que el inicio fuese inicio, pero en medio de aquella entropía nosotros nos rozamos, nos tocamos suavemente sin saber siquiera lo que era una caricia. Átomos nos llamaban, pero a mi me gusta pensar que éramos almas que se buscaban.
Luego fuimos los supuestos Adán y Eva. Actualmente más de 3/4 partes de la población no cree en nosotros, pero puedo decir que aquellas mañanas, tardes y noches enlazados eran más reales que cualquier manifestación de la salvaje naturaleza. Quien diría que en el terreno de dios follamos sin estar casados (y no precisamente para perpetuar nuestra especie).
Nos siguen innumerables encuentros a lo largo de la historia:
En Egipto, yo sacerdotisa y tú un muchacho de ojos rasgados y ligeros pies de bronce.
En el Imperio romano, me esculpiste en un gran bloque de piedra. Te enamoraste de mi y pediste a los dioses que me diesen vida. Fui arte gracias a tus manos.
En época de juglares, tú te escapabas de aquel castillo y venías a verme a escondidas. Si las luces te hubiesen visto... ¡Ay si la luna hubiese mostrado tu rostro! Cariño, tenía que ganarme la vida de alguna forma y sobreexplotar mi cuerpo era fácil y divertido. Pero confieso que de todas aquellas miradas lascivas que me lanzaban los hombres (y alguna que otra mujer), entre todas aquellas manos que me tocaban esperando algo de cariño a cambio, prefería siempre las tuyas.
En Inglaterra fuiste hijo de una familia rica y yo una criada que vivía en las zonas más pobres y sucias de Londres. Te gustaba pasear por el mercado viejo disfrutando de esa misera que tan lejos quedaba de ti. Encontraste mis ojos, encontré tus ojos. Nuestras miradas han estado jugando durante milenios.
Más de 20 siglos llevamos encontrándonos, casi siempre por accidente, con el mismo sol en los ojos, con las mismas ganas de descubrirnos.
Aunque en esta vida nos separemos, aunque no volvamos a besarnos, nos queda la esperanza de vernos siempre una vez más.

miércoles, 19 de abril de 2017

Rosas rojas
Violetas azules
Pensamientos vacíos
Margaritas deshojadas
Amapolas con opio
Opio
Drogas, alcohol y sexo. Las tres palabras mas utilizadas en toda la poesía actual.
Y a pesar de todo,
que vacias están cuando no las compartes con alguien que tiene flores en el pecho

domingo, 12 de marzo de 2017

Una persona puede escribir por muchos motivos, y solo ella misma logra comprenderlos.
Yo escribo cuando estoy llena de vacíos.
Escribo para vivir,
para ver qué se siente con la voz, las palabras y las vidas de otros.
Escribo para sentir por qué la palabra tiene esa fuerza implacable.
La palabra lo es todo
y puede ser nada.

Escribo cuando estoy llena de vacíos
pero últimamente estoy llena de emociones,
de amistades,
de ganas de vivir.
Estoy llena de frío
y se me cortan los labios
y se me hielan las manos
y canto bailo salto sudo sonrío.
Estoy siendo yo.

La libertad me calienta las manos cuando llego a casa,
aunque he de confesar
que sigo escuchando
conversaciones ajenas.
Es otra forma de vivir las vidas de otros.
Eso,
y mirar a los ojos.

domingo, 19 de febrero de 2017

La chica del tirabuzón dorado tiene prisa.
Conoce el tiempo exacto de los semáforos
y no elige las calles por las que pasa.
Tiene un paraguas
negro
y pasa desapercibida,
engullida por un mar de sombrillas en el cruce de una carretera.
Pero sus zapatos
negros,
con un rítmico sonido de carrera
hacen que me fije en el tirabuzón dorado que asoma por su capucha.

Los tejados mean,
vomitan,
lloran.
Llueve.
Una mujer camina de la mano de su marido y sus tacones también se quejan.
Parece un tic tac de reloj,
un sonido tan rítmico que me hipnotiza durante un segundo.
Me fijo en los tacones y veo como minúsculas gotas saltan al andar.
Y me fijo en todos los talones
y veo las diminutas gotas saltar.

Las alcantarillas consumen,
beben
absorben.
Llueve.
Un matrimonio discute porque el paraguas no está en medio.
La mujer se moja,
el hombre asiente.

Los paraguas salen,
nacen,
se abren.
Algunos abrigos están calados.
Esquivan los charcos
pero los niños están deseando estrenar sus botas de agua.
Quieren saltar,
Quiero saltar.
¡Estalla el agua!

Llueve
pero hoy ha amanecido con el sol entrando por la ventana.



viernes, 17 de febrero de 2017

Un adoquín rebelde me mira desde el suelo,
vacilante,
resquebrajado e indeciso,
¿se levanta o se acuesta?
Lo miro y sonrío.
Levanto la mirada seduciendo al peligro.
Me atrevo,
paso,
no caigo.
Me alejo del adoquín que refunfuña por lo bajo.

Miro las torres de la catedral,
acarician el cielo y los pájaros las acarician.
Una guitarra triste le arranca acordes al viento
y el flamenco suena en la esquina.
Pienso en las cigüeñas,
en un pájaro precioso que aparece en mi ventana,
en los gorriones redonditos de la plaza.
Una abeja me alcanza,
vuela borracha.

Un rayito de sol tiembla.
No conoce estas tierras.
Yo pienso en los poetas de la experiencia,
y lo que escribo deja de tener apariencia de poema.
Casi no escribo,
pero todo lo que toco es literatura.

viernes, 3 de febrero de 2017

Historia de Nadie

Nadie sale de su casa. El único color que se ve en su vestimenta es una bufanda roja. Baja las escaleras. Mira a un lado de la calle, después al otro, y empieza a caminar sin rumbo fijo. Aparenta tenerlo, porque anda con la convicción de quien sabe a dónde se dirige. Cuando cree que nadie le está mirando, saca la mano del bolsillo de la gabardina y acaricia las paredes de la ciudad. Se imagina la historia que tiene cada una de las piedras y la cantidad de vidas que han visto pasar. Además le encanta ese cosquilleo que se queda en la punta de los dedos cuando separa las yemas. Nadie levanta la mirada y no ve el cielo. Quiere ver el cielo. Sale de la ciudad y cruza la carretera casi sin mirar a los lados. Baja las escaleras del puente y se sienta en la hierba al lado del río. Mira al cielo y ve el cielo. El cielo grisáceo con nubes sin perfilar. Parece que ese cielo ha salido de un cuadro impresionista. Se tumba y empieza a lloviznar. Nadie deja que la lluvia le moje. Respira, siente, abre los ojos, tiembla de frío. Y ve los pájaros. Ve una bandada de pájaros diminutos y negros que vuelan en el cielo. Escucha los patos a los lejos y las gotas apedreando el agua. Nadie piensa. Lleva pensando unos días en la libertad, en la vida, en qué es vivir. Puede que Nadie esté pasando por una crisis existencial, pero nadie lo sabe.
Siente que se ha conformado con una libertad aparente. Siente que no está viviendo, que solo está dejando la vida pasar. Siente que hay tantas cosas ahí fuera por descubrir, por vivir, por experimentar... Siente que no pertenece a ningún sitio pero que a la vez cada lugar tiene algo suyo. Nadie mira el cielo y ve los pájaros volar, cierra los ojos, respira y deja que la lluvia caiga por su rostro.
Nadie siente que en ese preciso momento, si está viviendo.

viernes, 6 de enero de 2017

Me enamoré,
y vi en sus ojos lo que quería ver.
Nos hemos amado mucho,
seguimos haciéndolo,
pero un bache con nombre de kilómetros se interpuso entre nosotros y el amor,
a pesar de que yo lo creía invencible,
no pudo soportarnos.
Ahora los dos reconstruimos,
y veo en sus ojos lo que realmente tengo que ver:
un alma complementaria.
No somos iguales y nunca vamos a serlo,
Sus días grises parecen mis amaneceres,
sus cafés son mis chocolates
y mis sueños son sus miedos.

Creía que las almas gemelas eran dos personas que se besaban como dos enamorados y pagaban a medias una hipoteca.
Hasta que llegó ella.
Llegó ella y sentí que a pesar de llevarnos dos años
habíamos nacido en el mismo tiempo y espacio,
en el mismo segundo y en el mismo lugar.
Llegó ella y supe que éramos hermanas de alma.
No nos une la sangre,
nos une algo más fuerte que no podemos explicar,
como si nos conociésemos desde el inicio de los tiempos,
desde el origen.

No puede ser que me sienta tan cómoda con una persona,
que me emborrache y diga gilipolleces, y ella se ría,
que bailemos en una colina con la noche a nuestros pies y el viento despeinándonos,
que ella llore y yo me ría,
que yo llore y ella me haga reír.
Los kilómetros nos unen más que los centímetros,
y cantar con ella sienta igual de bien que el chocolate a las seis de la mañana.
Es ver su forma de andar al final de la calle,
y sentir una felicidad inexplicable.
Ella es felicidad cuando ríe,
cuando salta,
cuando baila,
cuando grita,
cuando acaricia,
cuando abraza.
Su pelo es la cueva donde refugiarte cuando lloras,
y sus brazos me han sostenido cuando estaba a punto de caer.

Esto parece un poema más
hecho con una lista interminable de cursilerías;
pero de verdad,
su risa no es de este mundo,
y lo que nos une tampoco se puede explicar con palabras.




Origins 
(omitir el carácter romántico de la imagen)





El hecho de cambiar de lugar también ha supuesto un cambio emocional importante.
Salamanca no es mi hogar,
pero parece que las paredes que me han visto crecer tampoco lo son.
Las habitaciones son cada vez más frías y extrañas,
y los recuerdos que intento crear en la primera ciudad,
son equivalentes a los que estoy perdiendo en la segunda.
Mis vivencias se esconden ahora en cajas de cartón,
mis cosas han dejado de ser mías desde hace tiempo
y las fotos me entristecen el alma.

Momentos que jamás repetiré,
risas que no recordaré,
lugares que jamás volveré a pisar
y personas a las que echo de menos todos los días.

En este vaivén de sonrisas y lágrimas
que tiene más parecido a una película de 1965 que a una vida,
he descubierto dos cosas:
la primera,
no soy tan fuerte como creía;
y la segunda,
las personas son el verdadero hogar.

He vuelto a casa por Navidad,
pero lo que de verdad ha hecho que me sienta en mi hogar han sido los abrazos de mi madre,
la risa de mi abuela,
los gritos de mi hermano,
los amigos de siempre,
los de casi siempre,
y esos ojos que han vuelto a mirarme con amor.

Mi hogar no es lo que veo cuando atravieso la puerta,
son todas esas personas que vivan donde vivan,
estén donde estén,
y tengan los años que tengan,
me hacen sentir como en casa.