~En el almacén del último piso~

Empecé a besarle apasionadamente mientras mis manos se quedaban estancadas en su cuello. 
Ella se separaba, me miraba y sonreía y eso provocaba una necesidad imperiosa de volver a besarle. 
Le empujé contra la pared del pequeño almacén. 
Estábamos en la última planta del edificio donde yo trabajaba, en un cuarto pequeño de paredes estrechas y oscuras, sin ventanas ni ninguna bombilla que funcionase. Las estanterías de papeles, carpetas, folios y recambios de impresora no rodeaban y apenas nos dejaban espacio, cosa que me beneficiaba. 
Hacía dos meses que aquella multinacional me había contratado como becario. Había conocido a esa chica unas semanas atrás y cuando podíamos nos escondíamos allí para devorarnos hasta el alma. 
Y bueno, todos lo sabían. 
Cuando veían que ella se metía en el ascensor y poco después yo subía las escaleras, sabían que tendrían que cubrirme durante media hora. 
Todos lo entendían. 
Aquella chica era increíble y se alegraban de que al menos uno de nosotros tuviese la oportunidad de disfrutar de ella. Es una especie de norma masculina que las mujeres no entienden. 
Ellas en nuestro lugar se habrían sacado los ojos, nosotros en cambio dejamos el camino libre y nos protegemos unos a otros. 
Además, sabían perfectamente que si me pillaba el jefe me despediría. 
Mas que nada, por que la chica con la que me acostaba era su hija. 





Nota: Relato improvisado por petición de A.G. Fue algo así como un reto personal. Él debía decirme algo de lo que le gustase que escribiera, y bueno, salió esto. 

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Poesía entrópica