No puedo.

Se miraba las uñas e intentaba arreglarlas sin éxito. Se atusaba el pelo, se ponía algunos mechones tras la oreja y fruncía los labios. Levantaba la mirada, bajaba la mirada, empezaba a escribir y paraba.
Luego tiraba  el bolígrafo desesperada, se revolvía el pelo y repetía el proceso.
No podía escribir. No le salía nada.
Eso afectaba a su vida mucho más de lo que nadie podía pensar. El no escribir, el coger el bolígrafo o enfrentarse al teclado y no poder escribir, era... Horrible.
Y no podía. Y no puede.


No puedo.

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Poesía entrópica