8 veces al día.

La vi y me enamoré de ella.
Tenía el pelo del color del sol cuando se encuentra en el cenit del cielo. Le acariciaba la punta de los hombros y su flequillo caía gracioso sobre unos ojos de color indefinible. Una sonrisa que irradiaba timidez y alegría en colores, y unas pecas graciosas, alineadas y dispersas que me hacían sonreír sin motivo.
Llevaba un vestido gris con los hombros descubiertos, con la clavícula al aire, con la piel siendo acariciada por mi mirada. No quiero seguir hablando porque os enamoraríais de su imagen.
Me enamoré de ella de la misma manera que me enamoro 8 veces al día, de manera instantánea, apasionada y eufórica. De forma tierna y diminuta, aunque el pecho me iba a estallar por culpa de toda las emociones que acrecentaban mis ganas de vivir.
Tengo ese problema, me enamoro de personas, de instantes, de sitios, de ideas, de miedos, de sueños y de momentos. Me enamoro de esa felicidad efímera.
Mi amor y mi euforia terminaron cuando vi la pulsera de todo incluido que caía en su muñeca izquierda.
La miré y nuestros ojos se cruzaron. Aparté la mirada y sonreí. Cuando levanté la cabeza ya se había ido, y una parte de mi con ella.
Es lo que tiene enamorarse 8 veces al día, que te deshaces sin los pedazos que cada persona, sitio o momento se queda de ti.

Comentarios

  1. Espero que se pueda seguir amando aunque uno esté a pedacitos, te ha quedado un texto precioso.

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    1. La verdad es que amar con todos los pedacitos de tí, es aún más mágico. Te has roto, te han roto, pero tienes ganas de seguir amando, besando y escribiendo con el corazón.
      La victoria no sabe bien sin la derrota.

      Un beso.

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  2. Espero que se pueda seguir amando aunque uno esté a pedacitos, te ha quedado un texto precioso.

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Poesía entrópica