Estoy llorando y no sé qué nombre ponerle a esto.

Ya he dejado de echarle de menos, pero en su lugar tengo un vacío y un dolor dentro que vienen de vez en cuando.
Ahora soy el segundo plato de alguien por quien yo habría dado todo. La decadencia empezó hace varios meses y puede que nuestra actitud hiciese que todo fuese más rápido. Lo siento, pero me he cansado de seguirle la corriente y de hacer todo posible porque fuese bien. Me sustituyó hace mucho tiempo por alguien que, desde sus ojos, le daba mucho más que yo -aunque personalmente nunca he creído que eso fuese cierto-.
El año que viene va a ser aún más difícil e insoportable. Ya no será un verano sin su presencia en mi vida, será un día a día vacío, un día a día en el que le vea por los pasillos riendo y hablando con otras personas que jamás llevarán mi nombre. Y serán trabajos a solas, porque nadie, nunca, me va a dar la confianza y la felicidad que ella me ha dado.
Pero qué le voy a hacer, ya no compartimos gustos ni opiniones. Ya no tengo personalidad. Ya soy una más y  me encuentro en el mismo saco que el resto del mundo, cuando ella siempre ha estado en el primer eslabón de cualquier cadena.
Esto ya empezó hace mucho tiempo y sé que era inevitable, pero no sabes bien como me duele. Es peor que una ruptura, porque lo nuestro era más que una relación. Era amistad en estado puro.

Ya no le echo de menos.
Me he acostumbrado a su ausencia.

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Poesía entrópica