Me enamoré,
y vi en sus ojos lo que quería ver.
Nos hemos amado mucho,
seguimos haciéndolo,
pero un bache con nombre de kilómetros se interpuso entre nosotros y el amor,
a pesar de que yo lo creía invencible,
no pudo soportarnos.
Ahora los dos reconstruimos,
y veo en sus ojos lo que realmente tengo que ver:
un alma complementaria.
No somos iguales y nunca vamos a serlo,
Sus días grises parecen mis amaneceres,
sus cafés son mis chocolates
y mis sueños son sus miedos.

Creía que las almas gemelas eran dos personas que se besaban como dos enamorados y pagaban a medias una hipoteca.
Hasta que llegó ella.
Llegó ella y sentí que a pesar de llevarnos dos años
habíamos nacido en el mismo tiempo y espacio,
en el mismo segundo y en el mismo lugar.
Llegó ella y supe que éramos hermanas de alma.
No nos une la sangre,
nos une algo más fuerte que no podemos explicar,
como si nos conociésemos desde el inicio de los tiempos,
desde el origen.

No puede ser que me sienta tan cómoda con una persona,
que me emborrache y diga gilipolleces, y ella se ría,
que bailemos en una colina con la noche a nuestros pies y el viento despeinándonos,
que ella llore y yo me ría,
que yo llore y ella me haga reír.
Los kilómetros nos unen más que los centímetros,
y cantar con ella sienta igual de bien que el chocolate a las seis de la mañana.
Es ver su forma de andar al final de la calle,
y sentir una felicidad inexplicable.
Ella es felicidad cuando ríe,
cuando salta,
cuando baila,
cuando grita,
cuando acaricia,
cuando abraza.
Su pelo es la cueva donde refugiarte cuando lloras,
y sus brazos me han sostenido cuando estaba a punto de caer.

Esto parece un poema más
hecho con una lista interminable de cursilerías;
pero de verdad,
su risa no es de este mundo,
y lo que nos une tampoco se puede explicar con palabras.




Origins 
(omitir el carácter romántico de la imagen)





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Poesía entrópica