~blanco~

Era una habitación blanca y grande. Luminosa. Había grandes ventanales que mostraban el interior de un pequeño bosque con un claro , donde empezaban a aparecer las primeras flores de primavera.
La habitación era rectangular, con las paredes lisas y blancas, y el suelo frío de mármol. Toda ella era blanca. Los armarios empotrados, las sillas acolchadas, la cama con dosel, el cabecero, los marcos de las puertas y de las grandes ventanas... Todo era blanco. Sin embargo, el azul y el verde hacían su aparición presentándose en las colchas y en las alfombras, mezclándose entre ellos y creando nuevos tonos...
Entre aquellas sábanas de franela celeste, dormía una chica. Una hermosa joven de ojos azules y mirada curiosa, con algunas pecas salpicando su rostro, rubia, con el pelo fino y suave y con algunos débiles tirabuzones, la piel era morena y algunos destellos dorados surgían de vez en cuando por el vello rubio. Ella en su totalidad era hermosa...
Se despertaba poco a poco con la claridad de la mañana. Se desperezaba dulcemente y sus sentidos con ella.
Su tacto y su olfato fueron los primeros en darse cuenta de la figura masculina que a su lado había. Que a su lado seguía. Él, ya despierto, la miraba con miedo, temiendo despertarla. Quería proteger a su princesita. Le pasó un brazo por la cintura y se acercó a ella. Le besó la frente y le susurró al oído:

-Buenos días amor.

Ella abrió los ojos y no pudo evitar sonreír. Cada nervio de su cuerpo le recorrió la espalda, proporcionándole un escalofrío de placer ante aquellas dulces palabras. Cerró los ojos de nuevo y enterró el rostro en la almohada. Él la abrazó fuerte, y ella se deshizo del abrazo entre risas.

-¡Déjame! ¡No me mires! ¡Estoy horrible por la mañana!

Se quedaron en silencio. Poco a poco ella giraba la cabeza hacia él. Él se acercó más a ella. Le cogió la barbilla y le besó.

- Nunca estas horrible. Eres hermosa, a las diez de la mañana como a las once de la noche. Siempre estas igual de preciosa. No mientas. Jamás he oído una mentira tan grande. Toda tú me encanta. Te quiero, cada día más.

Ella  no pudo evitar la sonrisa. Él murió ante aquella sonrisa. Se deshizo en amor. Y mientras ella lo recomponía con dulces besitos en las mejillas, él rebosaba de felicidad, pues nada ni nadie podrían jamás hacerle tan feliz como se lo hacía esa pequeña chica.

Poesía entrópica