~el bus~

Hacía frío. Se arrebujó en su abrigo y metió las manos en los bolsillos mientras miraba la curva del final de la calle. Llevaba allí unos quince minutos y ya se estaba desesperando. Algo que siempre le había caracterizado era su nerviosismo y sus ganas de vivir rápido. Hacer las cosas lo más rápidas posibles para aprovechar el día al máximo. No tenía horarios ni actividades, pero aún así, su ritmo de vida era rápido y atropellado. Deseaba que los minutos pasasen sólo para poder vivirlos... Amaba la vida. Movía los pies en un tic nervioso y tarareaba las canciones que sonaban en sus oídos a través de los auriculares. Miraba a derecha, izquierda, al suelo y luego al cielo... Dirigía la mirada de nuevo a la curva y resoplaba ante la tardanza de su único medio de transporte.
El viento soplaba y le despeinaba el cabello impidiéndole ver con claridad y obligándola a hacer movimientos de cabeza..
Finalmente el autobús apareció después de una fila de coches. Se levantó del asiento y sacó el dinero necesario para su billete. Ya en el bus, se sentó en las últimas filas y subió los pies al asiento. Miraba por la ventana, inmersa en su mundo, cuando alguien se sentó a su lado. No le gustaba. Prefería estar sola y que la dejasen mover los labios y musitar las letras de las canciones... No necesitaba a nadie a su lado.
Le dedicó una mirada de reojo al sujeto en cuestión y siguió a lo suyo. Unos minutos después, él le toco el hombro suavemente.
Se vio obligada a quitarse uno de los auriculares y mirarle.
Era un chico joven, de aproximadamente unos diecisiete años, de nariz aguileña y ojos negros... Algo gordito pero de mirada soñadora y vivaz. Ella se sobresaltó.

- Disculpa... Mi nombre es Fran y te veo siempre en este autobús, en el mismo sitio y en la misma posición.- Hizo una pausa y escrutó el rostro de la chica, esperando alguna reacción al inicio de su discurso. Cogió aire- Eres hermosa.

La chica abrió los ojos sorprendida. Sacudió la cabeza y se quitó el otro auricular. Miró alrededor. nadie les miraba y solo quedaban tres paradas para que ella tuviese que bajarse.

-¿Perdona?- le dijo.

Él se sonrojó.

- Eres hermosa. Desde el primer momento que entré en el autobús reparé en ti. Me deslumbraste. Llevo varios meses intentando acerarme y hablar contigo pero mis fuerzas se desvanecen cuando te veo tararear las canciones y mover la cabeza con esa gracia. Me encantas aún mas cuando te traes algún libro. Te miro y te observo con la seguridad que tú no levantaras la cabeza hasta la cuarta parada. A veces te ocultas detrás de él y yo aparto la mirada, pues pienso que ese momento ha de ser único para ti. Te he observado y he analizado todos tus movimientos cada miércoles. Espero que no te importe...

Ella seguía callada. Sabía que el chico aún no había terminado.

- Sonríes y te muerdes el labio mientras lees. Te tocas el pelo, te mueves de una forma específica, muy tuya, y luego levantas la mirada hacia la ventana, justo en la cuarta parada.

Dos paradas para que la chica tuviese que irse.

- Me encantas, y quisiera poder hablar contigo algún día. Quedan dos paradas para que te bajes, pero por favor, toma mi teléfono.

Le extendió un papel en blanco y doblado. La chica lo tomó y lo desdobló cuidadosamente. Observó los dígitos escritos limpiamente con un boli negro de punta fina y levantó la vista. Sus miradas se cruzaron. Él se sonrojó y ella esbozó una sonrisa.

- Gracias- le dijo risueña. Le miró fijamente. - ¿sabes que? Te llamaré en cuanto pueda. Tú tampoco me has pasado desapercibido la verdad. Cuando te has sentado a mi lado, ni siquiera sabía que eras tú, pero las semanas anteriores miraba cuando te subías al bus y como pagabas tu billete. Te sientas en las primeras filas, siempre mirando hacia aquí, y sueles llevar una pequeña libreta de tapas anaranjadas bajo el brazo. Hay veces que mirabas a la ventana y luego escribías algo en ella. Realmente moría por saber qué era.

Una parada.

- Deseaba que en algún momento nuestras miradas se cruzasen y pudiese sonreírte... Al leer, ni siquiera presto atención a las páginas del libro, pero me oculto en él para poder dedicarte miradas fugaces. Nunca te he visto mirándome y esto me ha sorprendido.

El autobús se paró y ambos se miraron.
Sonrieron.
Él se levantó y le dejó pasar. Ella, ya fuera del asiento se giró y se acercó a él, dándole un pequeño beso en los labios. Él se quedó quieto y sonrojado. Ella salió del autobús. Él se le quedó mirando. Ella se dio media vuelta cuando ya estaba en la acera, y le dedicó un adiós con la mano.

Fue el momento más feliz de sus vidas.

Poesía entrópica