~oposición~

Se le dilataron las pupilas. Se le erizó a piel. Se le paró el corazón y luego volvió a funcionar más rápido de lo que debería. Los labios le temblaban y las palabras apenas eran desgarros de si voz. Le temblaba el pulso. Levantó la vista y una oleada de sensaciones le invadió de nuevo.
Sentía el tejido de la camisa acariciando cada centímetro de su piel.
Ella estaba allí. Pensaba que no iba a venir, pensaba que se echaría atrás en el último momento, pensaba que se arrepentiría... Pero no... Estaba allí, más hermosa que nunca.

Vestida de blanco la vio acercarse al altar donde él ya estaba. Acompañada de su padre, sonreía felizmente de la manera más perfecta posible. La gente la miraba, la observaba con los ojos bañados en lágrimas pues era impresionante la belleza que irradiaba su cuerpo. Caminaba despacio, lento, por la mitad del pasillo.
Cada día estaba más enamorado de ella, cada día su corazón se aceleraba al despertarse a su lado, y cada mañana que ella no estaba consigo, la angustia le inundaba pensando que se habría ido... Pero siempre volvía.

La amaba, con todo su cuerpo, con todo su ser, con cada célula de su organismo... La amaba como nunca antes lo había hecho.

Ella, finalmente había llegado al altar donde él se encontraba. Ambos se habían mirado y habían mantenido esa mirada durante unos segundos. No podrían controlarse mucho más tiempo.

Pasaron horas. Deseaban tocarse, besarse, mostrarlo ante todo el mundo... Lo deseaban como nunca antes lo había hecho.

El sermón llegaba a su fin.

-Si alguien conoce una razón por la que este matrimonio no deba unirse ante Dios, que hable ahora o calle para siempre.

El silencio en la iglesia era tenso.

- Puedes besar....

-¡ESPERE!

Alguien gritó desde el final de la iglesia. Las puertas se habían abierto y la luz entraba a raudales, cegando a las últimas filas. Todos los invitados se giraron bruscamente. A él se le aceleró el pulso. Ella temblaba.

- ¿Quién es usted?

El hombre se acercó a paso rápido por el pasillo central, llevando consigo miles de murmullos y susurros. Los novios, el cura y los invitados callaban expectantes.

Era un hombre alto, de pelo negro y ojos azules. Atractivo.

-¡Me opongo!

Los novios lo miraron con los ojos desorbitados. El cura lo observó irritado, esperando sus razones.

Él habló.

- Ella... Ella no es quien dice ser. Es una puta.

El novio apretó los puños. Los nudillos se le pusieron amarillos y el rostro se le contrajo por el odio.

- Repítelo y no sales vivo de aquí.

El desconocido miró a la mujer y luego al hombre. Le atravesó con la mirada y observando sus ojos le dijo, vocalizando todas las palabras y sílabas, gritándolo para que todos lo escuchasen.

- Ella es una puta.

Segundos de tensión.
Él jamás se había enfrentado con nadie. Jamás le había levantado el puño a nadie. Ni a una mujer, ni a un hombre. El odio le cegó. Arremetió contra él y descargó toda su ira en un solo golpe.
Lo tumbó en el suelo.
El desconocido, lo miró con una sonrisa en sus labios y el rostro enrojecido. La locura se mostraba en sus ojos.
Desde las primeras filas, salieron tres hombres jóvenes, amigos del novio, y sacaron al desconocido. Éste le dedicó una última mirada a la bella chica, y mientras era sacado de allí, se quedó observándola con aquella sonrisa de loco en los labios.

Poesía entrópica