~Cuadros desnudos~

Caminaba por el piso desnuda, mostrando sus senos delicados y blancos, sus piernas ágiles, sus muslos firmes, los brazos delgados y su pubis desnudo.
Llevaba el pelo suelto, le caía sobre la espalda y le llegaba hasta la mitad de la espalda. Con movimientos de cabeza despejaba la cara y los ojos de los mechones que se le colocaban delante y con las manos sujetaba los pinceles y las pinturas, llevándolas de un lado a otro del apartamento.
Algunas partes de su cuerpo estaban manchadas de colores fuertes y los ojos le brillaban con deseo.
Terminó de mover los útiles de pintura y se colocó ante un lienzo limpio y blanco.

En la habitación, desperdigados por todas partes, había numerosos cuadros, todos ellos magníficos y hermosos. Algunos estaban pintados con escalas de grises, otros con colores fuertes, algunos reflejaban los azules intensos de un gran mar, aunque también había destellos de rojos en otros cuadros, que describian paisajes del desierto...

La silueta de la chica se definía con la luz del atardecer. Sus curvas seductoras jugaban con mi imaginación, haciendome desbariar y pensarla junto a mí una noche cualquiera.

Me miró. Una sonrisa seductora apareció en sus labios e hizo que me excitara aún más de lo que estaba. Los dientes blancos aparecieron en su bello rostro. Cojió la paleta y el pincel y empezó a realizar trazos en el lienzo.
La noche fue callendo, yo seguía observándola y ella seguía pintando. Cuando la luna se cernía en el cielo, se separó de su obra y me miró.
Me levanté del sofá en el que estaba sentado y me acerqué a ella.
La miré a los ojos y me situé tras ella.
Ella observaba su cuadro, y yo, con la barbilla pegada a su hombro, lo miré.
Ahí estaba yo. En la misma postura que hacía unos segundos, mirándola fijamente, desnudo.
Le agarré por la cintura y le besé la oreja. Le besé la mejilla. Le besé el cuello, la clavícula, el pecho... Me situé delante de ella y le besé los senos. La cogí y me la llevé al sofa donde yo ates había estado sentado. Hicimos el amor allí, en aquella habitación con olor a óleo y a aguarrás, con la luna observándonos.
Esa noche, fue nuestra. La vida que nos sucedió, también fue nuestra.

Poesía entrópica