~nada ha acabado~

Alzas la mano hacia la encimera de la cocina. Sentada aún en el suelo, cojes el cuchillo. Las lágrimas siguen callendo por tus mejillas. El dolor sigue estando en tu corazón. Tu estómago sigue contraído. Miedo. Temor. Soledad.
Acercas el cuchillo a una de tus muñecas. Lo observas. El metal frío. La hoja afilada brilla y lanza destellos plateados. Luego observas tu muñeca. La piel pálida. Las cicatrices de antiguos cortes. Las zonas enrojecidas.
Una lágrima te cae en la muñeca. Acercas el cuchillo un poco más y lo apoyas en la piel. Presionas.
Empieza a cantar, en susurros,  musitando esas canciones que te encantan. Un hilo de sangre corre ya por tu brazo. Sonríes. No haces sólo uno. Empiezas cortando debajo del anterior, luego, repasas las cicatrices de los días pasados, recordando la razón por la que te hiciste cada uno de los cortes. Sigues cantando. Las lágrimas han desaparecido. El dolor atenaza tu brazo. ¿donde está la fuerza antes mostrada? ¿donde se esconde los gritos? ¿la ansiedad? ¿donde se guardan?
Separas el cuchillo.
Bajo ti, una mancha de sangre rojiza brilla. Te ves reflejada en ella. Ríes y cantas.
¿todo a acabado?
Sigues viva... ¿no?
Nada ha acabado. Si sigues ahí, respirando, con el corazón latiendo bajo tu pecho, si sigues allí, viva, nada ha acabado.

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Poesía entrópica