Recuerdame


Se le antojaba un helado. Eran las diez y media de la noche. No había cenado y no tenía intención de hacerlo. No era bulímica, ni anoréxica, lo sabía perfectamente, solo que esa noche no tenía hambre.
Pero aún así, quería un helado.
Se levantó del sofá en el que había estado tumbada las tres últimas horas inmersa en una lectura envolvente y se dirigió al congelador de la cocina.
Su marido le siguió con la mirada por encima de la montura de las delicadas gafas. Siguió con su lectura, pues a él también le había encandilado una historia, pero aún así, no pudo evitar sonreir al escuchar los cajones del congelador abrirse y cerrarse, y a su mujer, andar tranquilamente hasta tumbarse donde antes estaba.
Ella dejó el libro con la página marcada a un costado y se comió el helado.
Su marido la observaba. Dejó su lectura durante el tiempo que ella se comía el helado y aprovechó para dedicarle su mujer unos minutos de atención. Sonrió.
¿que era lo que le atraía de ella? ¿qué era eso que hacía que la amase tanto?
Tal vez su forma de andar, o su pasión por las nuevas lecturas, o su inteligencia, o su curiosidad, o su deseo de conocer gente nueva, o el ansia que tenía por vivir...
Después de estar diez años casados, aún no sabía que era exactamente lo que le hacía amarla tanto.
Se levantó de la butaca en la que estaba sentado y se acercó a su mujer, pidiendo de sus brazos, reclamando lo que necesitaba. Ella ya había terminado el helado, y chupeteaba el palillo que le había quedado. Lo dejó encima de la pequeña mesa que había delante de ella y atrajo hacia sí al hombre se su vida.
Le acarició la espalda, escuchó su respiración, dejó que él reposase en su pecho y escuchase el tranquilo latido de su corazón.
Los minutos pasaban. La noche se hacia eterna sólo para ellos.
No tenían la necesidad de besarse. Los besos habían sido ya suficientes en los años anteriores. Sólo necesitaban el uno del otro, solo buscaban el calor del otro cuerpo, la tranquilidad que el otro le ofrecía.
Él acabó quedándose dormido encima de ella, y ella, acariciándole aún la espalda, siguió con su lectura, hasta que el sol amaneció.















No creo que lea esto, de la misma manera que no creo que vuelva a entrar en este pequeño sitio que he creado. Pero, si en algún momento lo hace, si por un casual, es esta la entrada que lee, quisiera que usted supiese que le quiero, y que aunque los besos ya queden lejanos y aunque cada día crezcan más y más las ganas que tengo de abrazarle, nunca podré olvidar aquello a lo que acostumbran a llamar amor y que usted logró que yo sintiese.
Debe saber que esto lo escribí pensando en que la mujer era yo, y el hombre usted y que desearía con todo mi corazón que en algún momento de nuestras vidas, nos crucemos y hagamos que este pequeño textos se haga realidad.

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Poesía entrópica