~Juegos~

Apenas podía respirar.No podía escribir las palabras que pensaba y el pulso le había acelerado notablemente. Estaba tumbada en la cama de su habitación con el movil entre las manos y mirando la pantalla fijamente. Se dio media vuelta, quedando mirando al techo e intentando tranquilizarse. Respiró profundamente una, dos y tres veces, intentando frenar los latidos de su corazón. ¿Y si aceptaba? ¿Y si aceptaba quedar por fin con él? ¿Que pasaría? ¿Que pensaría él? ¿Como acabarían? ¿Querría volver a hablar con ella? Era complicado...
Su madre siempre le había prohibido hablar con gente que no conocía en persona, y muchos menos, quedar con ellos. Siempre podrían tratarse de hombres mayores que buscaban a una chica joven como ella para pasar el tiempo y le podrían hacer mucho daño, pero ella sabía que él no era así.
Le vibró el teléfono y entonces se acordó de como empezó todo, por un simple juego.

De pequeña le encantaba el Scrable. Pasaba horas y horas jugando sola con las letras, formando palabras de las que sólo ella conocía su significado. Jugaba todas las tardes con su abuela, y siempre perdía, pero aún así, le seguía encantando ese juego. Era interesante, y una manera diferente de aprender palabras nuevas.
Un día, bucando Whatsapp en el Play Store (por que se le había borrado accidentalemtne despues de que su hermano pequeño estubiese trasteando con el movil) Encontró una aplicación que era exactamente igual que el Scrable. Le fascinó. Inmediataente despues la descargó y empezó a jugar. Aún fue mayor su alegría, al descubrir que podía hablar con la gente con la que jugaba, que como ella, amaban el sentido de las palabras.
Hasta que llegó el.
Se enzarzaron en una partida reñida, en la que al final, él siempre ganaba, y mientras tanto, mientras esperaban la jugada del otro, hablaban por el chat. Pasó lo peor que podría pasar... Empezaron a gustarse.
Pasaban horas hablando, ya no por el chat del juego, sino por Whatsapp. Hablaban todos los días durante horas, con conversaciones divertidas y debates, con cosas insutanciales pero que eran necesarias para pasar el tiempo. Se fueron conocinendo mejor y poco a poco, se dieron cuenta de que se estaban enamorando el uno del otro.

Su madre la mataría. Esa tarde lluviosa y fría de nomviembre, él le había propuesto quedar el fin de semana siguiente.
Se moria de ganas. ¿Pero que le diría a su madre? ¿Y si acababan mal? ¿Y si no es la persona que ella piensa? ¿Y si todo ha sido una mentira?
Empezando a hablar con él, ella había sido consciente en todo momento de que se enfrentaba a esos problemas, a esas preguntas que siempre había quedado en el aire.
Aceptó.
Tenía casi dieciseis años... Si no iba a cometer locuras a esa edad... ¿Cuando lo haría?

Los días sifuientes fueron eternos, tanto para uno como para otro, las clases se hacían largas, las horas se convertían en minutos que pasaban lentamente... Parecía que los días nunca acabababan.

Hasta que llegó el sábado.

Ella sabía que jamás iban a dejarla salir, aunque le explicase lo que sentía por ese chico una y mil veces, aunque le contase toda la historia, su madre jamás lo entendería.
Decidió escaparse.
Era una niña buena, pero lo que sentía superaba con creces a todo lo que de pequeña le habían inculcado.
Después de tirarse horas arreglandose, salió de casa mientras su madre dormía, y se encaminó al centro de la ciudad, al bar donde habían quedado.
Estaba asustada, no lo iba a negar. Asustada y nerviosa por averiguar finalmente como era él, por saber que clase de persona era con la que había estado hablando durante todo ese tiempo. Pensó e volver a casa y echarlo todo a perder. Pensó en dar media vuelta, pero entonces le rozaron el hombro.

Se giró mientras el corazón le daba un vuelco.
Miró fijamente el rostro que se presentaba delante de ella, iluminado por las luces del bar que tenían al lado.
Una sonrisa se formó en los labios de él, mientras los ojos le brillaban intensamente.
Ella apenas podía mantenerse en pie. Las mejillas se le habían ruborizado y sentía la cara ardiendo.
Entraron en el bar.
Compartieron risas e historias, aparte de bebidas y caricias. Se besaron, se abrazaron. Ella se sentó a su lado y en un minuto de silencio que ambos compartieron, lo supo.
Supo que lo amaba con todo su corazón.
Lo amaba por encima de la diferencia de edad, lo amaba por encima de la distancia que los separaba, lo amaba por encima de los años que no habían estado juntos. Lo amaba desde el primer día que habló con él, hasta el último día de su existencia.

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Poesía entrópica