~Largo día~

No se encontraba bien. Su cuerpo había subido de temperatura notablemente en las últimas horas y sus mejillas lucían coloradas a la luz de la tarde. Le dolía muchísimo la cabeza y sentía como le palpitaban las sienes.
Se metió en el coche y apoyó los brazos y la cabeza en el volante, intentando tranquilizarse y descansar la mente.
Había sido un día duro.
No había comenzado muy bien, pues se había levantado tarde y había llegado tarde a la primera hora de las clases de la universidad. Luego, le mandaron tres trabajos más, aparte de los que ya tenía pendiente. Se le había olvidado uno de los cuadernos en el escritorio, con lo cual no pudo entregar los ejercicios del día anterior y apenas había desayunado. A última hora se sentía exhausto y cansado, deseando llegar a casa para tomarse un baño, pero tenía que adelantar uno de los trabajos pues el tiempo se consumía. Con lo cual había salido de la facultad, y comiendo apenas dos bocados de la comida, había ido directo a la biblioteca, donde había pasado las últimas horas de la tarde.
Le ardían los ojos por las interminables horas enfrente de la pantalla y tenía las piernas y la espalda entumecidas de tantas horas que había pasado sentado.
Respiró hondo y se incorporó, mirando al parque que había enfrente del parking. Cerró los ojos de nuevo, y tras abrirlos, encendió el coche y salió de allí hacia su casa.

Salió de la ciudad y se dirigió a una de las carreteras secundarias que le llevarían hasta la pequeña casa en la que vivía con su madre.
Se le nubló la vista.
Pestañeó varias veces pero no consiguió enfocarla.
Unas luces le cegaron. Un pitido ensordeció sus oídos.
Y entonces, perdió la conciencia.
Todo se volvió negro y así, sin pensarlo, acabó su vida.

El camino fue largo. Tan largo, que jamás llegó a su destino.

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Poesía entrópica