~loco amor~

Hacía días que veía a ese extraño joven pasearse por las calles de mi barrio.
Mi casa está en una urbanización pequeña, donde todo el mundo conoce a todo el mundo.
Pero yo jamás lo había visto.
Hacía días que paseaba por las calles con la vista baja y con un aire despistado, pero a la vez interesante.
Tenía el pelo largo, cosa que no me suele gustar de los hombres, pero que a él le quedaba especialmente bien y hacía que fuese aún más irresistible. 
También llevaba miles de pulseras adornando sus muñecas.  Todas ellas de diferentes colores y formas.
¿Qué escondían? Me preguntaba muchas veces.
Lo observaba y calculaba sus movimientos desde el balcón de mi cuarto, siempre oculta en las alturas de mi edificio, dejando verme, pero a la vez escondiéndome de él. 
Salía temprano, a eso de las ocho de la mañana a algún destino que yo no conocía, y volvía tarde. Muchas veces ni lograba ver su figura en mitad de la negrura de la noche.
Jamás me crucé con él, pero había algo dentro de mí que deseaba que lo hiciese.
¿Como me podía atraer alguien desde tan lejos?
Con el tiempo, mi obsesión creció, haciéndolo protagonista de todos mis pensamientos, dedicándole todas mis palabras, deseando cruzarmelo un día y abalanzarme sobre él, besarle y que me abrazase como nunca nadie lo había hecho.
Un día, sin saber como ni por qué. Nos cruzamos.
Busqué su mirada y fue entonces cuando realmente supe que estaba enamorada de él.
A partir de ese día, de ese instante que cambió mi vida, supe que tenía que averiguar a donde iba, de donde venía, donde vivía y a quien esperaba en las tardes de soledad.
Me empecé a levantar temprano, a perseguirlo por las calles del centro, a ocultarme cuando él se giraba al oír mis pasos.
La idea de que hubiese otra me obsesionaba.
Lo seguí a todas partes y en todo momento.
Falté a clase para seguirlo, y muchas veces estuve a punto de ser descubierta entre la gente.
El tiempo fue pasando, y los días se volvieron eternos.
Necesitaba tenerlo. Besarle, hacerle el amor por las noches, o acurrucarme a su lado.
Un día, uno de esos días soleados de inicios de primavera, lo vi andar con una chica de la mano.
Cuando se despidieron con un efusivo beso,  cambié mi rumbo y perseguí a la chica.
Llegué hasta su casa y subí las escaleras.
Toqué la puerta y en cuanto me la abrió, la maté.
Así, con la sangre fría y la sonrisa helada.
La maté por que era mio.
Él era mío, y nadie me lo iba quitar.
Empecé a ir a su casa, a la de él, cada noche, cada madrugada, cada tarde.
Un día me vio. Me vio y se quedó mirándome desde su salón.
Yo, ante su mirada de expectación, empecé a desnudarme con una sonrisa congelada en mi rostro.
Al poco tiempo, vino la policía.
Me debatí con todas  mis fuerzas, me opuse, grité su nombre y lo miré mientras me metían en el coche.
Jamás volví a verlo.
Mi paisaje de día a día se había convertido en una sala blanca, con paredes acolchadas y sin ventanas, con una luz blanca que salían de los focos escondidos en el techo.
Mi indumentaria ya no eran los vaqueros o las camisetas ajustadas, si no un saco blanco que me impedía mover los brazos.
Desesperada, gritaba y me pegaba contra las paredes.
Quería verlo. Quería que fuese mio.
Quería matarlo para que nadie fuese capaz de acercarse a él.
Lo mataría, y luego me suicidaría, tan solo para estar con él en eso que hay después de la vida, en eso que muchos llaman cielo, y que otros tantos llaman infierno.

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Poesía entrópica