~Regalos pendientes~

Nos acababan de decir que le quedaban dos meses de vida. Mi mujer se moría y yo no podía hacer nada para ayudarle.
Necesitábamos diez mil euros para el tratamiento, y no los teníamos.
Yacía postrada en una cama desde hacía un año y medio, y tan solo esa suma de dinero serviría para revivir su corazón y su mente.
Tanto tiempo de lucha diaria, escapando de la muerte, recorriendo miles de kilómetros para deshacernos de sus brazos negros.
Había recorrido medio mundo, buscando las sonrisas de mi mujer. Llendo de su mano a los lugares más recónditos del planeta para que ella retuviese en su retina, durante los breves segundos que dura un pestañeo, los colores y las formas que la rodeaban.
Y yo, alimentándome y nutriéndome de las sonrisas que pintaban sus labios, seguía buscando las pequeñas cosas que le hiciesen feliz.
Después de que la internasen, iba cada día con una flor, la página de un libro, una cita de algún pequeño poeta, una canción, unas notas de música clásica, los pétalos de la primera flor de nuestro jardín o la primera hoja que había caído y acariciado el césped donde ella se solía sentar.
Luchaba día a día con eso que la recomía por dentro, la volvía pálida e inerte y hacía que sus sonrisas fuesen cada día más frágiles y delicadas. Se convertían en cristales, en piedras preciosas por las que yo pagaría miles de millones de euros.
Un día, decidí llevarle en dos tarritos, unas gotas de agua de mar y unos granitos de arena de la playa que la vio crecer.
Me levanté temprano y fui a verla, diciéndole que volvería esa tarde con su regalo.
Me subí al coche y no paré de conducir hasta llegar a esa costa que ella tanto amaba.
Recogí mis pequeños tesoros y di la vuelta.
Lo último que vi fueron dos focos de luz blanca que se iban haciendo cada vez más y más grandes, hasta terminar en un ruidoso estruendo.
Llegué hasta su lado en una camilla, y lloré.
Lloré silenciosamente por que los tarritos de cristal se habían roto y yo había incumplido mi promesa.
Jamás me volví a levantar de aquella cama.
¿Para qué hacerlo, si ahora podía estar a su lado día y noche?
La vi dormir.
La oí respirar.
La oí musitar en sueños, quejarse, rezar.
La oí enloquecer.
Los gritos me desgarraron por dentro.
Me hicieron morir.
Pocos días después se fue, esperando aún los regalos que yo le debía.
Y yo, tonto de mí, seguía buscando una de esas sonrisas para que me diesen vida y me dejasen empezar de nuevo, desde el mismísimo segundo en el que toqué su mano por primera vez, buscando así a la persona que luego llenó mi vida de valiosas sonrisas, por las que hoy, pagaría incluso con mi vida.

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Poesía entrópica