~Pessoa~

Alcé la vista y un grito de excitación se escapó de mis cuerdas vocales.
Mira que hay librerías en el mundo, pero esta se escapaba de todo aquello que cualquier lector pudiese imaginar.
Ante mí, un pequeño local, con las paredes cubiertas de altas estanterías, tan altas que llegaban hasta el techo, aunque para mí sólo acababan en el último punto de la última hoja del último libro que allí había.
Los tomos eran infinitos.
Miles de ellos me envolvían, con todos sus colores, sus tamaños, sus muescas, sus títulos y sus autores.
Cientos de ellos lo cubrían todo.
No podía imaginar (ni puedo) la cantidad de literatura que esa librería acumulaba en sus estantes. En el centro, descansando sobre una mesa bajita, discos de vinilo ordenados alfabéticamente, guardaban las mil y una notas que el mundo ha compuesto.
Y un poco más allá, escondidos en una esquina, los DVDs desordenados y esperando pacientemente a ser comprados y admirados por la grandeza de sus imágenes y actores.
Pero mi fascinación se reducía a los libros, esos cuadernos escritos a máquina en los que cada palabra estaba resguardada por la mano de un escritor.
Miles de tipos de enciclopedias y diccionarios, ciento de libros antiguos que incluso daba miedo rozar por si se rompían alguna de sus preciadas páginas.
No sé cuanto tiempo estuve allí, pero me perdí entre los estantes, leyendo miles de títulos, autores y colecciones que me inundaron el paladar, dejándome un buen sabor de boca.
Salí de alí dejando un par de billetes atrás, con una sonrisa en los labios y una bolsa en la mano.
Llevaba conmigo cinco historias.
Cinco, y quien sabe cuantas más.
Todas ellas llevaban un trocito de cada persona a la que habían pertenecido.
Lo que me enorgullece, es que ahora, se queden con un poco de mí en cada una de sus páginas.

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Poesía entrópica