~Un sobre arrugado~

Llegué a casa como un día más, subiendo las escaleras, saludando a mis padres y entrando en mi cuarto para dejar el abrigo y la mochila e ir a comer a la cocina.
Lo dejé todo encima de la cama, y mi vista sorprendida se posó en un paquete verde con el sobre arrugado. Miré la dirección y una sonrisa me iluminó la cara.
He de decir que me preguntaron por él, el misterioso chico que me había enviado un sobre desde algún lugar de España, y yo, con lo único que podía responder eran con saltos de excitación y sonrisas.
Terminé de comer, puse el postre, y después de lo que me parecieron horas, pude sentarme en la cama con el paquete entre las piernas y con el nerviosismo haciendo temblar mis dedos, abrirlo poco a poco, con cuidado.
Asomé la vista a su interior y fugazmente, vi un paquete negro, pero me vi obligada a apartarlo de mi vista.
No creía que aquello fuese mio, y que lo que escondía, fuese para mi.
Lo saqué despacito, lo agité varias veces y lo palpé con las llemas de los dedos intentando averiguar que encerraban las hojas de papel negro.
Poco a poco, lo fui desenvolviendo, y me sorprendí a mi misma con la ilusión de una niña pequeña.
De verdad, si alguien hubiese estado conmigo en ese momento, podría afirmar el brillo de mi mirada.
Cuando conseguí desenvolverlo, me encontré con otra barrera entre mi regalo y yo.
Una lata de chocolate puro.
Intenté abrir la tapa con los dedos, pero me fue imposible. Asique me levanté y cogí una regla vieja y violeta, y haciendo palanca, conseguí abrirla.
Dios mio, me dije.
Me tapé la boca con la mano y aquel brillo que me adornaban los ojos, ahora eran lágrimas que amenazaban con pintarme las mejillas.
Miles de figuritas de papel me miraban desde dentro. Fui sacándolas una a una, y los minidragones, y las minigrullas se fueron posando en mi mesa, observándome mientras descubría que más encerraba aquella lata.
Al fondo, un dado de veinte caras, un símbolo de una carita feliz, y un montón de pulseras.
La emoción me embargó, y tuve que respirar rápido, hacer más presión en mi boca para no gritar y secarme las lágrimas que se acumulaban en mis párpados.

Ahora el simbolito cuelga de mi cuello, convertido en un collar rudimentario, algunas de las pulseras adornan mis muñecas y las figuritas descansan dentro de la lata que se posa en mi cajonera.
La veré todos los días y sé con certeza que el recuerdo de este momento creará en mí la primera sonrisa del día.

Pueden decir que tan solo es una lata de aluminio, unas cuantas pulseras mal hechas y un botón raro.
Para mí, ahora mismo, son las cosas más valiosas que han pasado por mis manos y te digo que su valor no ha ascendido por lo que son, si no por que vengan de él y que se hayas tomado tantas molestias en una persona como yo.

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Poesía entrópica