~Cuadro y amor~

No sabía como captar su esencia.
Era una mujer demasiado bella como para que alguien se dignase a mirarla, y yo, a pesar de ser un hombre humilde y de poco dinero, había podido acceder a ella a través de mi trabajo.

Mi abuelo, al igual que mi padre, yo, y probablemente mis hijos, hemos pertenecido a una familia de clase baja y humilde.Nuestra vida se ha basado en los pinceles.
Mi abuelo empezó haciendo pequeños retratos de sus hijos, y luego de personas que veía por la calle. Los fue acumulando en el desván de la que ahora es mi casa. Un día, una inspección de los caballeros de la corte descubrieron los retratos escondidos.
Pensaron que era un crimen.
Esposaron a mi abuelo y a toda mi familia. Los llevaron al castillo, delante del mismísimo rey y le presentaron el delito.
Mi abuelo estaba arrodillado en el suelo, a los pies del trono, con la cabeza gacha y las manos tras la espalda como si fuese un ladrón.
Notó una mano sobre su hombro.
Levantó la cabeza y vio el rostro del rey observándole con un brillo en la mirada.
Le pidió que le mostrase su casa, su desván y sus cuadros.
Mi abuelo, con una mezcla de miedo y vergüenza, fue destapando una a una las personas que se escondían en los pobres lienzos.
La mirada del rey se iluminaba con cada muestra, y su sonrisa aumentaba con cada cuadro que veía.
Lo cogió por el codo y le dijo:

-Este será nuestro pequeño secreto, ¿de acuerdo?- Le miró a los ojos y una profunda confianza se estableció entorno al corazón de mi abuelo. "Un halo de esperanza", decía- Dejaremos estos cuadros aquí. Enseñarás a tus hijos a pintar igual que tú, y tu familia se convertirá en los pintores de cámara reales. A cambio, te quedarás con la vida que tienes.

Mi abuelo tragó saliva e hinchó el pecho.

- ¿Mi vida?-balbuceó

-Exacto. Tu vida. No te mataremos a cambio de que nos retrates, no recibirás dinero por tus cuadros. Tan sólo una pequeña cantidad para poder alimentar a tus hijos. Una moneda de oro y cuatro de plata.

Mi abuelo nos lo había contado miles de veces a mí y a mis hermanos. Se convirtió en leyenda en la familia y desde entonces, la pintura es nuestra forma de ganarnos el pan.

Ahora, era yo el que llevaba los pinceles en mi casa. Me había casado con una mujer joven de buen ver que me había dado tres hijos preciosos. Sin embargo, no la amaba.

Desde el primer momento que me encargaron este retrato, supe que sería muy difícil.
Iba a pintar a  una de las hijas del rey. Por supuesto, ya no era el rey que había salvado a mi abuelo, si no su nieto. Sin embargo, el contrato seguía vigente y nuestro trabajo nos seguía dando lo acordado.
La hija pequeña del rey era una joven muchacha. Tenía la piel tostada, un bonito escote que lucía todos los días, acentuado con un apretado sostén que le hacía la cintura más perfecta que yo jamás había visto. Su sonrisa iluminaba cualquier sitio donde estuviese. Sus labios eran finos y delicados, de un bonito color rojo que hacía juego con sus pómulos, normalmente ruborizados.
Sus ojos eran muy expresivos, y podía verse la felicidad reflejada en el iris. Eran grandes, verdes y con unas largas pestañas que paraban los segundos de mi reloj.
Solía llevar vestidos blancos con los que mostraba la pureza de su inocencia y su juventud.
Al verla sentada en la silla acolchada de color burdeo, empezaron a temblar todos los dedos de mi mano. Noté la angustia subiendo por mi garganta, hasta acabar en mis mejillas en forma de rubor. La sonrisa se colgó en mi boca, y no se desvaneció hasta que salí de nuevo por la puerta.
Era una mujer preciosa.
Los días que hice su cuadro me resultaron sumamente cortos a pesar de intentar hacerlo lo más lento posible, dando pinceladas minúsculas para poder alargar más los segundos que mi vista podía posarse sobre su cuerpo.
Notaba el nudo de la boca del estómago ciñéndose más y más al ver que iba acabando mi cuadro.
Sabía que se me estaba acabando el tiempo.
Esa misma noche, me desperté. Me desvelé y salí de la cama con las piernas temblando. Mi mujer y mis hijos dormían tranquilamente. Pero a mí, la imagen de la joven princesa me nublaba la mente.
Encendí una vela y cogí uno de los lienzos que había en el baúl de mi abuelo.
Los pinceles y las pinturas que estaban en el armario de la derecha, pasaron a estar en la mesa central de mi estudio y el atril donde estaba el cuadro en blanco se convirtió en el centro de la habitación.
Cerré los ojos y vi a la princesa grabada en mis párpados.
Empecé a dibujar como si me fuese el alma en ello.
Los pinceles se movían con agilidad, las manchas de color pronto se convirtieron en las formas definidas de sus piernas bajo el vestido rosa claro y apareció su sonrisa en el medio del cuadro, siendo el punto del que salían todos mis sueños.
Acabé antes del amanecer y me sorprendí a mi mismo admirando la perfección de mi obra.
Sin embargo, no se acercaba a su belleza.
Al día siguiente terminé el retrato de la corte y volví a mi casa. Cuando mi mujer se acostó, subí al desván.
Destapé el cuadro de la princesa y lo admiré durante lo que fueron horas.
Me había enamorado de aquella mujer
Me había enamorado de un cuadro.

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Poesía entrópica