~Feliz cumpelaños~

Era un bonito día. Uno de los primeros de la temprana primavera que anunciaba un verano próximo. Los árboles seguían pelados de hojas, y la brisa seguía siendo fría a pesar del sol que lucía en el cielo.
Estaba sentada en un banco de la plaza leyendo y oyendo de fondo el chocar de las ruedas de los skates contra el suelo. De vez en cuando alzaba la cabeza y veía los intentos fallidos de los patinadores.
Pasé una hora allí cuando de repente, en una de mis intromisiones al mundo que me rodeaba, giré la cabeza hacia el paso de peatones que había a uno de los lados.
No sé que sentí primero, ni qué fue lo que asocié a mi situación.
Mis amigas cruzaban la calle armadas con globos amarillos, una caja envuelta y una tarta en forma de corazón, cantando a pleno pulmón un feliz cumpleaños algo desentonado.
Las piernas empezaron a temblarme. El famoso nudo de estómago me cortó la respiración y mi sonrisa apareció mostrando el desconcierto que sentía. Me tapé la cara con las manos y musité un "no puede ser" continuo.
Una de ellas se abalanzó hacia mi y me abrazó. Me levante y oí las notas que me cantaban a capela.
Era increíble.
Se suponía que sólo iban a venir dos de ellas, a pasar la tarde, hacernos alguna que otra foto y volvernos a casa como si nada.
Pero estaban las seis chicas que habían iluminado la vida.
No podía dejar de sonreír.
Intentaron encender la vela de la tarta, aunque el viento hizo que fracasaran todos y cada uno de los intentos.
Cambiaron de actividad y me tendieron la caja que una de ellas tenía entre las manos. Me obligaron a sentarme y abrirla, mientras una grababa y otra le robaba fotos al momento.
Empecé, con las piernas temblando bajo el peso de la caja y los dedos nerviosos, a quitar la tapa con cuidado.
Me emocioné cuando vi lo que guardaban esas paredes de cartón.
Cientos de papeles de revistas, varios paquetes envueltos en papel de regalo, algunas cartas, un par de zapatillas y unas flores blancas de papel.
No sabía por donde empezar.
Las cartas me arrancaron sonrisas como viles ladronas.
Las zapatillas, los pequeños pinceles, el pintalabios y la camiseta me hicieron tener ganas de que pasase el tiempo sólo para poder estrenarlos.
El libro despertó mi curiosidad.
Pero ellas... Ellas me hicieron la chica más feliz del mundo.

Gritamos como locas, reímos, cantaron por la calle, comimos la tarta, hicimos fotos y vídeos y más fotos y más vídeos, y las amé.

Me di cuenta de lo que tenía delante de mí
de lo que significaban en mi vida,
de lo triste que hubiese sido mi cumpleaños sin ellas,
de lo que necesitaba una tarde como esa
y sobre todo, de lo mucho que las hubiese echado de menos si no formasen parte de mi vida.

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Poesía entrópica