~La mujer del autobús~

Era una mujer preciosa, o al menos, lo había sido en su tiempo de juventud.
Unos ojos azules, algo desgastados por el tiempo, miraban el mundo a trabes de unas gafas sin montura, delicadas, totalmente transparentes que arrancaban los destellos de luz que lanzaban al mundo.
Tenía una bonita sonrisa, con una dentadura postiza algo manchada, y adornaba con unos labios rojos carmín, pintados cuidadosamente.
Podía imaginarla con la delicadeza de sus manos, esparciendo el polvo del colorete el los pómulos tersos, adornando sus labios y haciendo lucir su mirada.
Era rubia, de un color clarito y sumiso. Ni una cana adornaba su corta cabellera, pero sin embargo, unas horquillas sujetaban a los lados de su cabeza dos mechones de pelo, impidiendo así que le caigan sobre los ojos celestes.
Su frente se plegaba en arrugas que le envejecían el rostro, al igual que las marcas de expresión que se dibujaban alrededor de sus labios. Sin embargo, las mejillas rosadas eran totalmente lisas y perfectas.
Me hablaba con un acento inglés muy marcado, mezclando palabras francesas, españolas y alguna danesa.
Su voz era preciosa, al igual que la mezcla de culturas que su vocabulario demostraba.
Era delgadita, pero no enclenque. Con una figura que en sus años, habría atraído miles de miradas.
Sus finos dedos llevaban un anillo plateado, con unos brillantes coronándolo.
Tenía unos modales muy educados. Se sentaba sin cruzar las piernas, pero inclinándolas hacia un lado como si fuese la mismísima reina. Colocaba las manos en su regazo y hablaba.
Hablaba muchísimo.
Me preguntó que quería estudiar, en qué curso estaba, mi nombre y mi edad.
Me contó una insignificante parte de su vida.
Había formado parte de una compañía de arte de Dinamarca cuando era joven, ofreciendo a los visitantes de la exposición perfectas explicaciones de las obras que se presentaban allí. Luego estudió hostelería. Vivió en Dinamarca, Portugal y Suecia. Había estudiado inglés, danés, alemán, francés y dos años de chino.
Hacía diecisiete años que vivía en España con su marido, y le encantaba.
Hablaba del tiempo de Málaga, de los hoteles, de los restaurantes, la gente y algún pequeño bar donde iba con su marido.
Su parada llegó, y se bajó del autobús despidiendose con un "Gracias", y deseándonos buenas noches.
No pude arrancar la sonrisa de mis labios hasta llegar a casa.

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Poesía entrópica