~Odiosas mañanas~

Como odio las mañanas.
El sol se cree capaz de acabar con nuestro sueño y, cuando quiere y le viene bien, decide que la noche ha acabado.
Luego el frío de la madrugada nos despierta todos los sentidos bruscamente, sin ningún tipo de miramiento ni delicadeza.
Suena el odioso despertador, con su pitido incesante, destruyéndonos los tímpanos y despegando nuestros párpados de una forma desagradable y poco sutil.
O no, y resulta aún peor.
No suena y tu propio reloj biológico te despierta bruscamente. Ves la hora que se marca en tu mesita de noche y el corazón se acelera.
Te levantas, te vistes con lo primero que pillas, te peinas de cualquier manera y sales con el primer bocado del desayuno en la boca.
Y corres para que te de tiempo a empezar el día y no llegar tarde a tu cita con el mundo.
Luego, las ojeras, las legañas y los bostezos te siguen allá donde vayas durante las primeras horas que permaneces despierto.
Si has llorado el día anterior, los ojos se mantienen húmedos. Si has tenido una de esas horribles pesadillas, la angustia y el miedo te muerden el pecho. Si la prisa se adueña de ti, los movimientos nerviosos de tu cuerpo delatan tu impaciencia por el paso de las horas.
Y cuando termina, la mañana, la odiosa mañana, la tarde pasa para dejarle paso a la noche.
Y vuelta a empezar.

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Poesía entrópica