~Un ramito de violetas~

Era una mujer de pelo castaño claro. Normalmente lo lucía en una pequeña coleta que colocaba detrás de la nuca e inclinaba hacia la derecha, haciendo que su media melena cayese por su hombro.
Tenía unos ojos de marrones, muy claros, que a la luz del sol se volvían dorados. Su nariz era pequeña y coqueta y sus labios finos y tersos.
Las formas angulosas de su rostro creaban sombras en sus pómulos, y sus ojos lucían unas ojeras oscuras que se hundían en su piel tostada.
Su figura era delgada y bien definida. Tenía unos pechos pequeños y unos muslos tersos, que a pesar de la edad, se negaban a convertirse en piel caída.
Su sonrisa era triste, y su mirada se veía muchas veces apagada.
Eran pocos los días en los que se sentía bien consigo misma. Entonces entonaba canciones con un silbido alegre y suelto.

Se había casado joven y enamorada, aunque el tiempo pasó y los sentimientos se volvieron menos intensos. Los besos ya no sabían igual, las caricias no eran lo que eran, y hacer el amor se había convertido en algo monótono, no en un acto de rebeldía y pasión.

Los días eran tristes para ella. Se sentía sola. El hombre con el que vivía apenas la miraba. No había conversaciones, ni besos, ni saludos ni despedidas. Las miradas y las sonrisas cómplices del matrimonio habían desaparecido. Seguían juntos por comodidad. No se molestaban el uno al otro y para sus hijos, un divorcio a esas alturas, hubiese sido una catástrofe que habría desestabilizado la familia, o al menos, lo que quedaba de ella.

Un día encontró un sobre de color café en el buzón con su nombre.
Subió a casa y se sentó en el sofá de tapizado verde mirando el revés de la carta. No tenía remitente ni dirección.
Lo abrió curiosa y sacó un par de papeles que habían sido doblados.
Garabateados, lucían cinco párrafos de una poesía.
La mujer empezó a leerla.
El rostro se le enrojeció, el corazón empezó a latirle fuerte y las manos, a temblarle. Las piernas se movían incontroladamente y sus emociones se movían en su corazón junto un torbellino de preguntas.
La segunda hoja presentaba una carta.

Querida mía:
Hace años que sigo tus pasos. Veo como sales de tu casa y vas a comprar. Sigo tu figura por las calles de la ciudad hasta el mercado y observo con detenimiento como ocultas tras una falsa sonrisa las penas de tu vida. He visto como hablas con las vecinas y como salían de tus labios carcajadas que endulzaban mi día, como, sin tu saberlo, alegrabas mi vida con el movimiento de tus caderas en verano, mientras contoneabas al aire esa falda tan bonita que te compraste el año pasado.
He visto como escogías la fruta y la verdura, como discutías con la panadera sobre el sabor dulzón de los mantecados de esas navidades, como has recogido a tus hijos y como, cariñosamente, les has abrazado como la buena madre que eres.
Te llevo observando tres años de mi vida, los cuales, han sido la base de mi existencia y el porqué de mi felicidad.
No he podido respirar cuando he visto cómo te quedabas mirando al cielo en el parque las tardes de primavera, o cuando tus manos pequeñas y finas recorrían tu rostro en un intento desesperado de deshacerte de tu tristeza.
Me hubiese encantado ir y abrazarte, besarte y hacerte la mujer más feliz del mundo.
Sin embargo sé que tienes una familia y que sin ti, se rompe.
Sé que no puedo secuestrarte y hacerte mía, por que las consecuencias que eso llevaría serían fatales tanto para tu matrimonio, como para la vida de tus hijos.
Y créeme si te digo que el primero que se arrepiente de no poder hacerlo soy yo, este loco enamorado que sólo se atreve a hablarte escondido detrás de una mala caligrafía y unas pésimas estrofas.
Me encantaría que al menos sonrieses con esta carta que he escrito precipitadamente. Ni siquiera voy a pararme a buscar los errores gramáticos o sintácticos por que es justo lo que estoy sintiendo en este momento y lo que llevo años escondiendo tras una piel que ya no es mía, si no tuya.

Te quiero una vida, y la cuarta parte de otra.
Que tengas un maravilloso día. Espero que igual de bonito que tu mirada cuando te sientes con las fuerzas para cantar.


Se quedó con la mirada fija en la última palabra de la carta.
No lo entendía.
¿Quién era aquel hombre? ¿Tal vez un joven desesperado? ¿Un amante ciego? ¿Un hombre de pelo cano y sonrisa fría? ¿Tal vez un extranjero de ojos azules, o un neoyorquino de piel morena?
Metió las hojas en el sobre y lo guardó al fondo de la cajonera, escondido entre los pañuelos de invierno.

Los días siguieron pasando. No le dijo nada su marido, y este no sospechó nada.
La mujer le dedicaba una mirada rápida todas las mañanas al buzón del portal esperando otra carta. Sin embargo los meses pasaron y acabó olvidándose de ese pequeño episodio de su vida.
El nueve de noviembre recibió a primera hora de la mañana un gran ramo de violetas. Una etiqueta colgaba de ellas sin nombre ni apellidos, tan solo un "Feliz cumpleaños"
Nadie sabía de donde habían salido y quien era el que las enviaba.
Una mañana de mayo, volvieron las cartas, pero esta vez la mujer las contestó. Pidió explicaciones, porqués y razones con las que intentaba descubrir quien se encontraba tras la preciosa caligrafía.
Los años pasaron.
La mujer se carteaba con su  desconocido amante casi semanalmente, y el día de sus cumpleaños recibía un ramo de violetas frescas.
Su marido no preguntaba.
Tan solo disfrutaba de las melodías que formaban los silbidos de su esposa las mañanas de domingo y sonreía al encontrar las cartas mal escondidas de su esposa.
Él también escondía en el primer cajón de su despacho la pluma y los sobres color café con los que había hecho de su esposa una mujer un poco más feliz, en un intento desesperado de seguir mostrando cuanto amaba cada segundo que pasaba con ella.

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Poesía entrópica