~Un monumento a la dulzura~

Era un monumento a la dulzura.
Además de la belleza que se estancaba en las facciones de su rostro, su personalidad era el trozo más azul del cielo, la parte más dulce de la vida, el pedazo de alegría que hacía sonreír a todo aquel que se encontrase a su alrededor.
Era pequeña y delicada, con el pelo en rizos cerrados que retorcía una y otra vez, convirtiendo algunos mechones de su cabellera en líneas negras que morían en su clavícula . Sus ojos enormes reflejaban sus sentimientos de una manera especial. Podías ver la sorpresa o la risa justo antes de que se reflejasen en su rostro.
Sus finos labios se fruncían en contadas ocasiones, y el mal humor apenas rozaba su rostro.
Una sonrisa permanente se dibujaba en su cara todas las mañanas, y no desaparecía hasta haber hecho feliz a todo aquel que se cruzase en su camino.
Las manos era delicadas y pequeñas, con unos dedos finitos y acabados en cuidadas uñas.
Su cuerpo era perfecto. No se consumía en la delgadez extrema, pero tampoco se cerraba sobre ella el sobrepeso.
Su gusto por la ropa era exquisito, la forma en la que colocaba sus rizos detrás de las orejas era perfecta, y la manera en la adornaba su rostro con pequeñas pinceladas de maquillaje, era tan delicada, que apenas notabas la falsedad de la pintura.
Su voz era una de las más bonitas que jamás había escuchado. Nunca se apagaba ese tono alegre ni ese timbre de cariño que la hacían única. Los fonemas huían acompañados siempre, siempre, siempre de sonrisas que escondían mundo enteros.
Deslumbraba con su personalidad dulce. Amable como ninguna otra mujer, comprensiva, respetuosa y sensible hasta límites insospechados. Su cuerpo escondía un corazón de oro.
Me conmovía  como trataba a las personas. No cedía ante los malos momentos, no caía ante las clases difíciles, no abandona por muy complicado que fuesen el tema o el alumno.
Luchadora hasta ahogarse en la locura y fuerte como los cimientos de un edificio antiguo.
El acento francés que mostraba era perfecto. Puede que sea yo, que nunca he escuchado hablar a un verdadero francés, o que la ponga en un peldaño muy alto, pero aseguro que su voz, en cualquier idioma, hubiese dormido al mismo diablo.
Me gustaría ser como ella.
Ya no hablo de su físico deslumbrante, si no de la manera que tiene de tratar a todo aquel que se ponga delante con la necesidad en el borde de los labios.
Con esa dulzura, con ese cariño, con esa paciencia que sólo he visto reunida en ella. 
En resumen era un monumento a la dulzura.
Es un monumento a la dulzura.

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Poesía entrópica