Dónde todo puede comenzar, 1.

Me senté en el banco de la estación para esperar a que llegase el único autobús que en ese momento me interesaba.
Levanté la vista y me fijé en la gente que caminaba de un lado a otro buscando los andenes que necesitaban. Unos corrían arrastrando tras de sí enormes maletas de colores, otros llevaban a la espalda una enorme mochila que era casi más grande que ellos y algunos se iban con la cabeza gacha y un rastro de tristeza en la sonrisa.
Y luego, estaba esa chica.
Miraba desorientada a los carteles de las paredes de ladrillos rojos buscando algo. La vi pasar varias veces y no pude evitar fijarme en ella.
Tenía los ojos rasgados tras unas enormes gafas de sol de color negro que le ocultaba la mayor parte de la cara. Un bolso colgaba de su hombro, unos papeles descansaban en sus dedos y una maleta blanca estaba asida por su mano.
Llevaba una falda con pequeñas florecillas minúsculas, unos leggins negros que se le pegaban a las delgadas piernas y una chaqueta vaquera, bajo la que lucía una camiseta blanca.
Seguía perdida.
Miraba el enorme reloj de pulsera que tenía en la muñeca izquierda y luego miraba el billete que guardaban sus dedos.
Empezó a llorar.
Las lágrimas caían por sus mejillas blancas en un recorrido silencioso. No pronunciaba palabra y parecía cada vez más nerviosa.
Me acerqué a ella despacio intentando no asustarle.

-¿Necesitas ayuda?

Me señaló el destino que estaba impreso en su billete de autobús. No ponía el número del andén y el autobús salía dentro de cinco minutos.
Le dije que me siguiese y la llevé dentro del edificio de la estación.
En un pésimo inglés le expliqué dónde tenía que mirar, cuál era su destino y a qué andén debía ir.
Cuando salimos al patio de autobuses, me miró a los ojos a modo de agradecimiento y salió corriendo el número 38.

Comentarios

  1. Ayudar no cuesta nada :-) Suerte que se encontró con alguien que le echó una mano.

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Poesía entrópica