~El secreto del color del mar~

El agua bajaba por mis piernas, resbalando por la piel que había cogido un bonito color moreno. La capa de mar que se había quedado en mi tibia bajaba hacia mi rodilla desprotegida ante el movimiento de mis tobillos en el aire, con un deslizamiento lento y pausado. Creaba formas circulares y dejaba entrever, bajo esa tela transparente con olor a sal, una piel deseosa de sol.
Y es que se escapaba y resbalaba, corriendo, deseando volver a la inmensidad del mar a la que pertenecía. Huía de mí.
Mis manos se posaban en las piedras que quedaban sumergidas bajo el agua y mi cuerpo se movía con el vaivén de las olas, que acariciaban las grandes rocas de colores grises y blancos, para morir después de un golpe de espuma blanca.
Caminamos durante varios minutos por la playa, esquivando las conchas afiladas que destrozaban las plantas de nuestros pies y sorteando esas rocas enterradas en la arena que amenazaban con romper alguno de nuestros dedos.
El mar de nuevo nos perseguía y seguía cada uno de nuestros pasos borrando las huellas que no quería que nadie más viese. Supongo que esta vez, era nuestro aliado y nos ayudaba a escondernos, aunque estuviésemos bajo el cielo azul más bonito que jamás había visto y con las miradas de los niños posadas en nosotros. Daba igual, el mar por los menos lo intentaba.
Luego nos adentramos en el agua. Subimos a los escollos que había cerca de la orilla, y con cuidado, avanzamos despacio hasta llegar al otro lado del peñasco. Las algas se abrazaban a la roca y los mejillones hacían de las paredes oscuras un hogar.
Nadie se atrevía a pasar al otro lado.
Me lancé al agua y nadé hacia la otra roca que me esperaba con la espuma subiendo por sus riscos.
Subí con cuidado, agarrándome de los salientes y procurando no torcerme un tobillo.
Hubiese sido nefasto.
El mar, un poco más calmado, nos dejaba ver el fondo. Los peces buscaban cobijo entre las paredes de la roca y movían sus aletas en un intento desesperado de luchar contra la marea.
Un poco más allá, otra gran piedra me llamaba.
Nadie quería ir, nadie se enfrentaba al mar, ni a las olas ni a la profundidad del océano.
Me lancé de cabeza y nadé hasta el risco.
Y entonces, desde allí, la vista más  bonita del hermoso piélago.
Un tono oscuro de un turquesa jamás admirado teñía el agua.
El mar, tranquilo y liso, me devolvía las miradas con movimientos de olas que me lamían los pies y los bancos de peces nadaban a mi lado, sin darse cuenta que estaban siendo observados por unos ojos curiosos y desprovistos de miedo.
Las conchas oscuras de los mejillones estaban bajo mí, y yo, con miedo de no romperlas, salté al vacío del mar.
Me sumergí con un limpio salto de cabeza.
Con los ojos abiertos, presa de la curiosidad y del desasosiego que me producía no volver a admirar ese paisaje, descubrí un fondo de arena suave en forma de dunas, que se movían y se agitaban con el mínimo movimiento de agua.
Llegué a la orilla con el secreto del color del mar preso en mis labios.

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Poesía entrópica