~Un mechón que lo rompe todo~


Se sentaba a dos mesas de mí.
Los dos comíamos solos, cada uno por una u otra razón.
Ella se concentraba en su plato blanco de porcelana, y yo en ella. 
Llevaba un vestido de rosa claro con pequeños detalles en plateado y unos tacones blancos que hacían de sus piernas carreteras kilométricas, listas para ser medidas por mis manos.
Su piel brillaba bajo la gran lámpara de cristal que pendía del centro de la habitación.
Destellos fugaces salían disparados del cristal de su copa cada vez que la acercaba a sus labios, como queriendo reírse de mí. Ellos eran capaces de tocar lo que otros deseábamos besar.

Su pelo se recogía en un moño en la parte baja de la cabeza. Unos pendientes pequeños de plata y una fina pulsera eran todos los complementos que llevaba.
Y enfrente de ella, una silla vacía.
Le sonreía a la soledad.
De vez en cuando dejaba los cubiertos a los lados del plato, cogía la servilleta roja del regazo y se limpiaba los labios delicadamente, mientras mantenía la mirada fija y ausente en algún punto de la sala.
Luego cogía la copa de vino y bebía pequeños sorbos. El líquido rojo rozaba los besos que guardaba con llave.
Cuando volvía a bajar la mirada, un mechón rebelde se escapaba de su recogido y entonces, me veía obligado a apartar la mirada.
El mundo se quebraba con un suspiro suyo.

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Poesía entrópica