Donde todo puede comenzar, 4

Vi a una chica joven por la ventanilla del tren sentada en un banco de la estación.
Mientras el vagón se paraba, cruzamos una mirada rápida y me sonrió.
Cuando subió el pequeño escalón que nos ponía en distinto suelo, anduvo hacia el corazón del tren y se sentó unas butacas un poco más atrás.
Me quedé mirándola.
No era guapa, sino bonita.
No era una de esas bellezas que  deslumbran nada más verla, sino de esas que necesitas fijarte y quedarte mirando durante un rato.
No llevaba maquillaje, ni ropa cara, ni complementos extravagantes. Tan sólo la acompañaba una mochila beige de la que sacó una pequeña libreta negra.
Miraba por la ventana y seguía con los ojos el paisaje que corría detrás. De vez en cuando alzaba la mirada para ver la pantalla donde sucedían los nombres de las estaciones de tren y el resto del tiempo escribía en su libreta.
Le sonó el móvil y cuando lo cogió, su voz sonó apaga y cansada, pero preciosa.
Colgó el teléfono y un suspiro triste se escapó de sus labios. Entonces llegó mi parada. Me bajé y la busqué por la ventana del vagó esperando encontrarla escribiendo alguna frase rápidamente en su libreta.
Ella me miró y me volvió a sonreír.
Me quedé parado en mitad del andén viendo como el tren huía de mí y como su sonrisa desaparecía de mi vida mientras el vagón era engullido por la oscuridad del túnel.

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Poesía entrópica