24 horas, 365 días.

Como no van a ser felices en este estado, si la mitad del año es primavera.

Se supone que estamos en verano. En mi tierra se debaten entre la vida y la muerte con 40 grados todos los días. No pueden ni dormir, ni comer, ni hacer vida normal con esas temperaturas.
Y aqui hace un sol espléndido.
Ese ese tipo de sol que calienta lo suficiente como para que sonrías. Ese que te acaricia la piel sin segundas intenciones.
También hay una brisa mañanera que lo revuelve todo. El pelo, las hojas o la vida, como querais llamarlo.

Todas las hojas de los árboles son verdes, y algunas de ellas ya dan signos de que se acerca el otoño.
Las más atrevidas han conseguido soltarse, y ahora se debaten entre la vida y la muerte en un suelo de césped natural.
Y todo está lleno de hierba.
Los cortacésped hacen su aparición alguna vez por semana, y dejan tras de si el olor del campo recién cortado.

Y de vez en cuando, llueve. El cielo se torna gris, la nubes se juntan y hacen un pacto de silencio, y sin darnos cuenta empiezan a llorar sin que nada les pare.
Los truenos rompen el trato para estallar en la noche y los rayos hacen apariciones estelares.

Asique no tengo duda. Con esa mezcla perfecta de sol, brisa y lluvia tienen que ser felices las 24 horas del día, los 365 días del año.
Y si no, que me lo justifiquen.


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Poesía entrópica