#Poesía 14.

Llamaste al desastre
y vino el amor tocando tu puerta.

No sé como pensabas evitarlo.

Esos labios que tienes no se podían quedar sin besar por mucho tiempo.
Esas caderas tenían que seguir bailando
pero esta vez, con unas manos de hombre sobre ellas.
Esas piernas de escándalo
subían las revoluciones de cualquiera,
en cualquier estado.

Y tu voz,
dios mio tu puta voz.
Sabía cómo hacer
para que todos los tipos de piel se erizasen.
Daba igual si habían pasado o no por tus dedos.

Si me pongo a hablar de todo lo que tú eras en esa pista de baile,
ese día
doy por hecho que algún corazón se rompería
al saber que ni si quiera te conoció

Pero ya que estamos,
hablemos de tu sonrisa
que era directamente proporcional
al número de veces que conseguías estallar en carcajada.
(Y esa noche estabas estallando.)

Tu pelo se movía,
de la misma forma que lo hacía tu cabeza
al son de unas letras
más rotas que cualquier corazón.

Tus manos conseguían sostener a duras penas
copa tras copa,
para acabar casi muerta
en los brazos de uno
que no te dio ni la mitad de lo que te merecías.

Tus ojos eran las dos lunas más bonitas
que cualquier hombre podía conquistar esa noche.
Y nadie se atrevió a mirarlas
por si acaso encontraban las verdades de la vida
entre ese brillo que ocultaba más lágrimas que cualquier pedazo de cielo.

Y tu pecho
subía y bajaba,
paraba y volvía a empezar
al ritmo de una melodía
en la que ni tú sabías los compases.

No sé donde dejaste el corazón antes de entrar en esa sala
a revolvernos la vida.

Pero joder,
qué forma tenías de hacerlo.





Comentarios

Poesía entrópica