#Poesía 15.

Dicen que fumar mata,
y yo digo que no.

Dicen que ese humo negro nos contamina los pulmones,
que las colillas consumidas son un atentado contra la salud,
que la vida es demasiado corta para andar malgastando los suspiros en caladas.

Pero yo, digo que no.

A mi ya me da exactamente igual que el humo de un pitillo medio apagado
me arrebate la vida poco a poco.

Por que tus besos también lo hacían,
y de eso, nadie me avisó.

Me repitieron una y otra vez que era el tabaco el que conseguiría llevarme a la tumba,
que esas cajetillas vacías,
sumadas a las copas sin fondo que bebía,
harían de mí un hombre muerto.

Pero estaban equivocados.

Eran tus besos los que me dejaban inválidos los pulmones,
tus caricias las que hicieron de mí el hombre más débil del mundo
y al final, fueron tus manos tocando las teclas del piano más roto,
las que consiguieron pararme el corazón a ratos.

Sin embargo,
todos me seguían diciendo que era el tabaco lo que me estaba matando.

Y que ciegos  de mierda.

Fuiste tú la que acabaste con mi cordura.

Ni las putas colillas consumidas en un respiro,
ni el cenicero medio vacío,
ni las copas rotas que me cortaban los labios.

No fue el tabaco lo que volvió mis pulmones grises.
No fue el alcohol lo que terminó matándome.

Ni siquiera estoy muerto.

Fue la caída precipitada de tus labios,
con la gran decadencia de atardeceres en tu espalda
y las botellas no compartidas contigo,
lo que terminó quitándome el aliento.

Por ahí siguen diciendo que fumar mata,
pero eso es por que aún no te han conocido.
Puede que ni siquiera sepan qué es el amor,
ni esas mariposas,
ni ese nudo en la garganta,
ni esas sonrisas que lo dicen todo,
pero que no quieren decir nada.

Y luego dicen
que fumar mata.








A mi padre.

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Poesía entrópica