América, historia 1

Hubo un día en el que tuve hijos.
Mi mujer y yo decidimos traer al mundo a dos gemelas y al final,  fueron ellos los que nos dieron la vida.
Una niña de castaños cabellos y con una brillante sonrisa, y su hermana, un pequeño amasijo de nervios que nunca se quedaba quieta.
Mi mujer y yo les habíamos construido un parque en el jardín delantero de la casa.
Antes de que naciesen, montamos una estructura sencilla de madera. Unos cuantos tablones hacían de puente,  sujetados por unas sogas de colores que llevaban a los niños hasta una superficie lisa, seguida de una rampa hacia arriba y un barra de bomberos hacia abajo. Si subían por la rampa, llegaban a una pequeña almena. Mi mujer les había pintado allí el mundo. Con acrílicos y pinceles había dibujado y coloreado los monumentos más famosos de la historia. Si te sentabas y pasabas las yemas de los dedos por las paredes de la almena, podías visitar las pirámides de Egipto, el Big Ben, el puente de San Francisco, la Estatua de la Libertad y la torre Eiffel. Si luegos mirabas hacia arriba, podías ver el universo con sus millones de estrellas y constelaciones. En una de las paredes había un gran agujero negro que los engullía y los llevaba hasta el suelo de nuevo.
El tobogán tenía curvas cerradas y terminaba justo debajo del puente, donde una pequeña casita de madera les invitaba a crear historias juntas.
Las niñas nacieron y crecieron en aquel parque.
Todas las tardes de verano y de primavera salían a jugar al jardín y  los fines de semana venían más niños a jugar hasta altas horas de la noche.

Pero un día, todo acabó.
Ya no iban a refugiarse a la almena cuando nos enfadábamos con ellas, ni se esforzaban en arreglar los tablones que se iban cayendo por la humedad y el viento de los duros inviernos.
De repente y sin previo aviso, se fueron.
Los demás niños seguían viniendo a jugar al parque y yo les echaba de allí furioso. Les gritaba y les asustaba para que se fuesen, para que nunca más volviesen a poner un sólo pie en nuestra jardín.
El tiempo pasó y la madera se empezó a pudrir. La nieve se acumulaba en el techo de la almena y acabó echándolo abajo por el peso. Las hojas secas se colaban en el tobogan y las telarañas se habían apropiado de todas las esquinas y los recovecos de la casita.  La hierba creció con rapidez y la maleza empezó  trepar por todas las sujecciones del parque. Las sogas se deshicieron y un día, un golpe de viento arrancó todos los tablones de madera.
Pusimos una valla en la escalera de la casa para que ningún niño volviese a entrar.

Desde entonces, mi mujer y yo cogemos una flor del viejo parque y la llevamos hasta la lápida de piedra. Y allí, no dejamos de llorar.

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Poesía entrópica