América, historia 3.

Estuvismo a centímetros y no nos dimos cuenta.

Quedé con una chica en un restaurante Mexicano de las entrañas de Nueva York. Estuvimos hablando durante toda la noche, pero la conversación era forzada. Ambos lo sabíamos. Pagamos la cuenta a medias y nos fuimos casi sin despedirnos. Nos faltó tiempo para deshacernos el uno del otro.

Mientras tanto una mujer rubia comía sola por culpa de una maleducada cita que no apareció. Pagaba una cuenta que casi no podía asumir y salía de allí cabizbaja, sin ser capaz de levantar la mirada al cielo del mismo color que sus ojos.
Me chocó el brazo en las esclaeras de la entrada, pero un pardon con acento francés fue lo único que dijo.
Ni siquiera miró hacia atrás.

Unos meses después, en una tarde de pimavera, vi a aquella desconocida devorar mi libro favorito en un banco de Central Park. No pude evitar fijarme la manera que tenía de pasar las hojas.
Años más tarde, le recogí el pañuelo un día de viento mientras nos cruzábamos paseando por Manhattan.

Por supuesto que no nos reconocíamos, pero su sonrisa me dijo que era algo más que una mujer cualquiera.

Éramos el amor de una vida, pero ninguno de los dos nos dábamos cuenta.


Comentarios

  1. Hay historias que nos persiguen pero que nunca nos alcanzan...y no sabemos lo que nos perdemos por no mirar.

    Abrazos.

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    Respuestas
    1. La verdad es que es una pena que esas historias se pierdan.
      Sólo abría que dejar de mirarnos a nosotros mismos y echar una ojeada alrededor.
      Muchos se impresionarían con lo que hay.

      Besos.

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Poesía entrópica