Putas costumbres y manías.

Tenía esa puta manía de mirar al suelo cuando caminaba.
Decía que buscaba tesoros pero yo sé perfectamente que era una excusa para no mirarme a los ojos o al cielo. Los dos sueños  eran demasiado profundos, según ella.
También cogía cosas del suelo y se las metía en el bolsillo derecho del pantalón sin dar explicaciones. Debía pensar que no me daba cuenta.
Algún que otro día bajaba sola al parque por que necesitaba "espacio" y luego me llamaba desconsolada diciéndome que me necesitaba con ella. Era así de caprichosa conmigo y yo, como tonto enamorado, iba a su lado para abrazarle sin recibir nada a cambio. Por que le quería.
Siempre que podía escribía de cualquier cosa, pero nunca sobre mí. Al menos mi nombre no ha aparecido todavía en ninguno de sus textos.
Tenía la puta costumbre de buscar el silencio siempre que estaba conmigo, pero sin embargo cuando discutíamos era la primera en utilizar comentarios sarcásticos y contestarme con respuestas exasperantes. Y eso me volvía loco de rabia.
Había días en los que todas las palabras que pronunciaba me sacaban de quicio, y otros en los que eran las mías las que le enfadaban hasta hacerle enmudecer. En esos momentos ni siquiera me miraba.
Y nunca se quejaba. Tenía la puta costumbre de contestar que sí a todo a no ser que le preguntase directamente.
Cuando empezaba a hablar sobre eso que tenía bajo el pecho, que yo muchas veces dudé de que se tratase de un corazón, hablaba con la voz rota.
Hacían falta accidentes y caídas precipitadas para que hablase de ella misma.
Siempre sonreía y nunca lloraba. Yo por lo menos nunca le vi hacerlo. Sólo le salían lágrimas de furia cuando las discusiones se nos iban de las manos y alzábamos la voz más de lo que debíamos. Pero sé perfectamente que es humana, por que sí la he oído llorar cuando hablábamos por teléfono y me contaba las crisis que tenía su padre de vez en cuando. O cuando me hablaba de su hermano y de la situación que había en su casa. Sólo con eso la oí llorar.
Jamás temblaba de frío, de miedo o de rabia y nunca dejaba que le castañeasen los dientes.
No le gustaba sentirse débil, aunque había veces en las que no podía evitarlo.
También necesitaba tener todo bajo control y odiaba que la gente le dijese lo que tenía que hacer o decir. Y esos comentarios de que ella "no era la reina del mundo" le sacaban de quicio hasta límites que sólo yo vi. Ella sabía perfectamente que no conocía todo, aunque se esforzaba por averiguarlo.
Odiaba a los que daban su opinión sin tener nada que ver, a los que se acercaban sólo cuando había alguien llorando y a esos que no dejaban de preguntar "¿qué le pasa?" sin saber siquiera el nombre de la persona que estaba destrozada.
Conocía sus propios límites y sabía perfectamente hasta donde no podía llegar.
Le gustaba ser el centro de atención, las uvas, el chocolate y el café no demasiado caliente.

Y tenía esa puta manía de odiar su cuerpo.
Y eso era lo que yo más odiaba de ella.

Sigo buscando a alguien que escriba esto por mi. Mientras tanto lo haré yo, por que no hay nadie que me conozca más que yo misma. Y no sé si eso es bueno, o qué. 

Comentarios

  1. Pues creo que esa chica tiene mucho para dar, aunque no quiera oirlo, y que la vemos diferente a como ella se mira en el espejo. Yo la he visto y su sonrisa podría detener de golpe un vagón lanzado a 200Km/h, salvarle la vida a un niño, reconstruir corazones con sólo chascar los dedos. Tiene una mirada profunda, casi antigua, aunque apenas haya empezado a vivir y sabe leer en las personas cosas que otros ni siquiera intuyen. Lleva el corazón por fuera, aunque crea que lo tiene encerrado en una jaula y eso, le permite escribir con una sensibilidad al alcance de muy pocos.

    Y podría seguir...

    Un abrazo enorme.

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Poesía entrópica