América, historia 6

Salí de la tienda con el enorme sobre marrón en la mano. Miré a un lado y otro de la calle y bajé las pequeñas escaleras.
A dos metros de mí, un chico de unos veinte años pintaba bajo un árbol. 
Estaba de pie y posaba su lienzo en un caballete de madera mientras utilizaba un disco de vinilo como paleta. Era delgado y alto, de pelo negro y piel blanca. Daba pequeñas pinceladas al lienzo, como acariciándolo despacio e intentaba ser lo más exacto posible. Se separaba del cuadro, lo miraba desde lejos, se acercaba, y seguía dando los detalles precisos.
Marcaba el compás de una canción con la punta de sus botas y murmuraba la letra de la música, muy bajito. Puede que ni siquiera saliese voz de sus labios. 
Al lado del gran árbol bajo el que pintaba, se colocaban varios lienzos que habían salido de su propio pincel, pero que por el ángulo en el que yo salía de la tienda, no pude ver.
Antes de cruzar por el paso de peatones, me quedé mirando como pintaba, como mezclaba los colores en la paleta que había sido sustituida por un disco de vinilo y como se acercaba y separaba de la pintura, como seguía los compases de la canción de los cascos con la punta de la bota y como fruncia los labios con cada pincelada que daba.

Pero os juro que verle debajo de la sombra fue una de las cosas más bonitas que me regaló ese pueblo. 

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Poesía entrópica