D.

Era de las personas que casi no quedan.
Tenía unos ojos tristes, muy tristes, que habían pasado por demasiadas tormentas, pero por muy pocos corazones. Era propietario de una de las sonrisas más tímidas del mundo. Y dios, qué sonrisa.
Venía algún que otro día, dejaba las cosas sobre la mesa y se escondía entre los pasillos de libros.
Pero no se llevaba ninguno.
Yo lo perdía de vista durante horas. Lo veía entrar y salir, pero siempre con las manos vacías.
Me dedicaba un "hasta luego" que me partía las entrañas. Por que joder, su voz era demasiado dulce para ser de alguien tan roto.
Pronto descubrí lo que hacía todas esas horas que pasaba escondido, y es que sólo protegía su literatura.
Traía en el bolsillo unas cuantas poesías que dejaba entre las páginas al azar de cualquier libro.
Intentaba alegrar el día a persona que ni siquiera conocía, y era feliz con ello.
Bueno, feliz, o al menos intentaba parecerlo.

A mi, su voz y sus ojos siempre me decían otra cosa.

Pedían a gritos un atraco armado, a ver si así conseguía que alguien le robase toda esa tristeza que llevaba dentro.
Nadie lo oía, aunque él, seguía intentándolo.



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Poesía entrópica