Desastre y desorden.

Intentabas no enamorarte, pero siempre fuiste un desastre con ese tema, sus caídas y sus consecuencias. 
Aún así seguías dándolo todo en cada palabra, poniendo siempre como excusa que todo el mundo necesita algo bueno en su vida y que tú no ibas a dejar vidas sin nada bueno. 
Eras así de sensible y tonta. 
Andabas todos los días en la cuerda floja, sin saber cómo iba a ser el siguiente segundo de la función. Los días que aguantabas con el papel de equilibrista conquistabas vidas sin el mínimo esfuerzo. Pero cuando la cuerda se movía.... Madre mía. Los daños y destrozos eran incalculables.
Cielo, yo sé perfectamente que tú estabas en el suelo todos los días, aunque intentases maquillarlo, desmentirlo o evitarlo. 
La comisura de tus ojos me lo chivaba cada vez que tu mirada se cruzaba con la mía y no llegabas a tiempo para sonreír. 
Tenías unos ojos tristes, muy tristes, pero conseguías disimularlo en las arrugas que se te formaban al construir el perfil de una risa. 
No puedes evitar la verdad toda una vida y mitad de la otra. 
Pero quiero que sepas, que aunque tu cabeza fuese el mayor desastre de este mundo, y tu corazón el mayor desorden con el que me había enfrentado en la vida... 
Amor, yo te quería. 

Y a veces, depende del día, lo sigo haciendo.


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Poesía entrópica