No había diferencia.

A ella no le gustaba la lluvia.
Era rubia, de labios carnosos y tenía el color del mar metido entre el iris y la pupila.
Llevaba pintada en la cara una mezcla de aburrimiento y tristeza, y miraba con indiferencia el menú del bar.
Se quedó mirando las gotas que caían por la ventana del restaurante y resopló. Esos trozos de cielo jugaban a perseguirse y morían en el final de la cristalera, ajenos a  todas las miradas que se posaban en ellos.
Se levantó, dejó unas cuantas monedas encima de la mesa y salió del bar. No cogió el paraguas que había traído y las gotas le calaron. Se le enfrió hasta el corazón.
El pelo se le pegaba el cuello y sentía como los escalofríos le recorrían una y otra vez la espalda. Llegó a su casa, empapada y con las lágrimas mezcladas con el agua del cielo. Se apoyó en la pared de su habitación y se echó a llorar.
No sabía por qué, pero el frio le había llegado hasta lo más profundo del cuerpo.
Y lo peor es que reconocía esa sensación.
Era la misma que se le colocaba entre las costillas al salir de casa.

Se podría decir que ella, era igual de triste que un día de tormenta cualquiera.

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Poesía entrópica