Era un precipicio.

Era un precipicio.
Era uno de los acantilados más bonitos que jamás había visto. De esos por los que sólo te puedes tirar una vez en la vida.
Tenía una caída libre que cualquier paracaidista envidiaría, y se le había quedado un rastro de aventura y seducción en cada uno de sus rincones.

No sé que tenían sus precipicios. No sé de qué estaban hechos ni qué era exactamente lo que me gustaba de ellos.
Aún así, sabía que podría quedarme a vivir entre esos recodos en los que se guardaban universos.
Sabía perfectamente que esos lunares se podrían convertir en mis universos preferidos, que sus marcas serían los cielos más bonitos de mi vida, y podía apostar que me perdería en cada centímetro de su sonrisa.
Sabía con seguridad que quería sus labios a dos segundos de los míos.
Ni un momento más, ni un momento menos.

Y es que era el misterio de sus precipicios, las ganas de descubrir lo que había entre esas sombras que se le dibujaban en la piel, lo que me llevaba una y otra vez a morir presa de sus costados.

Era esa clavícula la que me hizo abrir los ojos, la que provocó una de las mejores sonrisas de mi vida. Fue ese trozo de su cuerpo lo que me hizo prometer, que en algún momento yo besaría esos centímetros de piel.

Lo peor de todo, es que me arriesgué a hacerlo, sabiendo todas las consecuencias que podría suponerle a mi historia.

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Poesía entrópica