G.

El despertador sonó. Se dio la vuelta e intentó espabilarse, pero era demasiado temprano y aún no sabía distinguir el sueño de la realidad. 
Cogió el móvil, y sin siquiera ponerse las gafas ni encender la luz, desbloqueó a duras penas la pantalla y esperó. 
Pasaron quince minutos en los que libró una de las más difíciles batallas contra el sueño. Cuando supo que estaba despierto, marcó el número y una voz masculina le contestó al otro lado. Ella sonrió. Seguía aturullada por lo temprano que era, pero sabía perfectamente qué tenía que decir. 

-Feliz cumpleaños. 

Quiso agregar un cielo al final de la frase, pero no se atrevió a hacerlo. Había que ir despacio esta vez y tomar todas las precauciones necesarias. No se podían hacer esas cosas a la ligera. 
Le deseó un buen día y colgó, aún con la sonrisa en los labios. Tiró el móvil en la alfombra y se dio media vuelta en la cama. 
Aún con su voz en un costado, y con la sonrisa puesta, se abrazó a la almohada y se durmió de nuevo. 

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Poesía entrópica