Bonitas costumbres.

Ya se está haciendo costumbre esto de llegar, o que llegues, y desordenarme la vida, convertir en el más bonito desastre todo el caos que llevo por bandera y sacarme todos los besos que llevo en la recámara de mi vida.
Ya se está haciendo costumbre esto de necesitarte 24 horas después de verte, y quedarme pensando en ti el resto del tiempo que no estoy contigo.
Y joder, no sé si me das miedo o provocas el efecto contrario y conviertes todas mis pesadillas en formas de afrontar la vida.

Me besaste la mano cuando te dije que eran horribles, que no me gustaban. Y cielo por ser poeta o vivir en un lleno de figuras retóricas, me lo tomé como una metáfora. Como si estuvieses dispuesto a querer todo lo malo que tengo, aunque sea lo peor, de lo peor, de lo peor.

Y sinceramente no sé si en este mundo de locos saldremos ganando para convertirnos en las excepciones que confirman la regla.
No lo sé.
Sólo sé que entre beso y beso me dijiste que me querías, que has conseguido sacarme los versos más bonitos que he escrito y que has invertido las reglas de mi espacio-tiempo.
Aunque eso, dentro de lo que cabe, es fácil.
Lo difícil es que después de todo me has convencido para hacerle caso al corazón de una puta vez y olvidarme de todo lo demás. Y centrarme en ti.
Lo difícil después de todo es que me haya atrevido a quererte cuando decía, repetía y defendía que el amor, con todas sus características y consecuencias, es una mierda.
Y lo casi imposible y que a pesar de todo tú has conseguido, es erizarme la piel sin mirarme, besarme o escribirme. con un simple recuerdo.


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Poesía entrópica