Llamadme loca si queréis.

Hoy he tenido tiempo de ser lo que quiero ser.
Me he paseado por el centro lleno de luces de navidad, he entrado en una librería y he ojeado los títulos, hasta que no he podido más y me he sentado en el suelo a leer poesía. Esa librería es mágica. Tiene los libros perfectamente descolocados y un olor especial que jamás había percibido antes. Ese olor queda muy lejos del olor a libro nuevo, pero sigue siendo igual de increíble. Me senté en el suelo y leí algunos poemas de una Antología de 1927. Salí de allí más contenta que nunca, fui a un mercadillo navideño que estaba desmontando los puestos y eché un vistazo. Crucé un par de miradas con la gente y me sorprendí a mi misma no sintiéndome sola, estando sola.
(También es verdad que no dejaba de pensar en él, pero eso es otra historia)
Y fui lo que quiero llegar a ser.
No quiero que me consuma el tiempo.
Estaba esperando a que el semáforo se pusiese en verde mientras veía que la gente cruzaba con prisas, corriendo. Y no quiero llegar a los 40 años y sentir que ni siquiera tengo tiempo para pararme en un semáforo en rojo y preguntarme cómo está la persona que tengo al lado.  Quiero besar lento, abrazar fuerte, caminar despacio y dejar que el tiempo pase por mi vida, pero que no me lleve con él.
Quiero hacerme mayor, envejecer y vivir lentamente.
Hoy en día, mi vida no es ni la cuarta parte de lo que quiero que sea. Me muevo en un mundo rápido donde entregar trabajos, estudiar, hacer deberes y cumplir con las expectativas está dentro de las reglas establecidas. De hecho, yo misma me pongo unas normas que no soy capaz de cumplir y me exijo muchísimo.
Pero creo que necesito vivir en esta carrera constante para después poder saborear la victoria de haberle ganado el pulso al tiempo.
Llamadme loca, pero a mi las arrugas no me asustan. Llamadme loca si queréis, pero que sepáis que para mi, eso es un cumplido.

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Poesía entrópica