Lo siento capitán.

Si, mi capitán, he acabado naufragando.
Lo siento de veras, pero creo que este barco no tenía destino ni puerto donde atracar cuando llegaste. 
Creo que la tripulación ya estaba perdida, y yo por ser parte de ella corrí el mismo destino. 
Lo siento mi capitán, pero el hundimiento era incontrolable. Era imposible no quedarse atrapada entre las olas de aquel  mar embravecido. La espuma nos ahogaba. La tormenta no cesaba. Los rayos rompían el cielo. 
Lo siento de veras querido capitán. 
Sólo había una posibilidad de salir ilesos de aquel miedo en el que se había convertido el mar. 
Y eras tú. 
Podrías habernos salvado. Podrías haberme salvado. 
Pero el naufragio ha sido inevitable. 
No me sujetabas las caderas, no me acariciabas la espalda, no me desatabas la vergüenza ni me dejabas romperte los labios. 
No estabas. 
Así que la única esperanza de salvarme quedó reducida a cenizas cuando no te vi conmigo, y te juro que hice todo lo posible por salvarme. 

Pero no. 
Me he enamorado. 
Otra vez. 

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Poesía entrópica