Lo cambió todo.

Ya no quería soltarse el pelo mientras bailaba
ni le apetecía cantar hasta hacer estallar su pecho.

No quería gritarle a al vida que frenase un poco por que todo iba demasiado rápido,
ni se atrevió a bajar del tren una estación antes
por que tenía miedo de perder al amor de su vida.

Ya no le gustaban los libros de aventuras,
prefería esas estupideces románticas en las que acababa llorando y tapándose la cara con la almohada,
prefería pintarse las uñas en lugar de comérselas,
prefería las películas con un paquete de pañuelos al lado,
en lugar del bote de palomitas que siempre comprábamos pero nunca terminábamos.

Ya no escuchaba las canciones de jazz que nos habían revuelto todo,
ni las de rock
ni las de blues.
Prefería la banda sonora de cualquier asquerosa comedia romántica.

Y ya no criticaba a los chicos de nuestra clase,
y de repente se enamoró de uno de esos que antes odiábamos tanto.

Ya no quería salir conmigo,
me obligaba a pintarme,
a ponerme unos zapatos limpios,
a vestirme como si fuese una princesa,
o una puta. Yo ya no sabía cual era la diferencia.

Cambió las bragas por tangas,
el rosa por el rojo,
las tardes conmigo por tardes con otros.
Cambió nuestras fotos por pósters de gente que yo no había escuchado en la vida.
Y me cambió a mi por todo.

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Poesía entrópica