Su canción. La de ellos.

Sonaba su canción. La de ellos.
Ambos escuchaban las notas desde un extremo distinto de la habitación. Miraban al pequeño que se concentraba en tocar las cuerdas adecuadas. Cuando terminó todos aplaudieron, se levantaron y le vitorearon.
Pero el niño sólo tenía ojos para las dos únicas personas que no aplaudían, esas dos que estaban en un extremo distinto de la habitación.
Su padre miraba al suelo y su madre se secaba las lágrimas.
¿Qué había hecho mal?

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Poesía entrópica