Él y el morbo que me dan sus labios.

Él y el morbo que me dan sus labios.
Porque qué labios joder,
que sitio más bonito para naufragar en invierno
y salir a flote en primavera.

Él y su manía de abrazarme el alma y ponerme cachonda a la vez.
Os juro que no sé como lo hace
pero se me han juntado las ganas de follarle y amarle en un mismo segundo.
Creo que le dicen hacer el amor.

La locura de su risa,
la cordura de sus ojos
y esa complicidad que tenemos en la mirada,
son las tres maravillas de mi mundo.

Ha descubierto mis puntos débiles
y aún no sabe que le sueño despierta.

Esa sensación que se me queda en la boca después de besarle
y las razones que tengo para seguir con esto
me incitan  al desastre.

Pero por suerte o por desgracia aún tengo la cabeza sobre los hombros,
aún sé diferenciar las locuras de las ambigüedades,
y puedo definir lo que es besar queriendo y besar sin querer.

Por suerte o por desgracia aún no puedo afrontar esto,
ni hundirme entre sus manos,
ni dejar que me sostenga cuando estoy a punto de venirme abajo.

Y sé que no me quiero perder con él,
por que todo,
su risa,
su forma de mirarme,
su manía de atacarme los labios,
el morbo que me da besarle cuando me lo he prohibido,
la manera que tiene de darme la mano,
y el entrelazar los dedos,
todo,
absolutamente todo,
me está llevando al puente más suicida.



Otra vez.



Y no debo seguir.
Y no puedo seguir.

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Poesía entrópica